A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



http://es.groups.yahoo.com/group/relatosdeluk



miércoles, 24 de junio de 2009

SULTANA

A los 14 años me convertí en mujer. Tuve mi primera menstruación. En mi país eso supone el inmediato abandono de la infancia y el paso de niña a mujer. En mi condición de princesa real mis padres ya podían preparar mi boda y aquello me angustiaba. De repente toda la dicha de mi larguísima infancia se oscurecía ante un futuro incierto. Era la menor de cinco hermanas y estaba mimada hasta en el capricho más inverosimil.

Mi madre era princesa real, perteneciente a una de las ramas Al Saud y por tanto todas nosotras teníamos posibilidades de casarnos con un príncipe, ya fuese uno de nuestros innumerables primos reales o bien podíamos acceder a casar con algún principe de alguno de los vecinos emiratos. También podíamos desposar con algún prominente jeque del petróleo o algún destacado hombre de negocios.

Todas mis hermanas, tras mi primera menstruación, me rodearon y me mimaron aún más, la pequeña Mónica, dijeron, ha dejado de ser una niña para convertirse en mujer. Todas tenían grandes atenciones conmigo y yo me encontraba desorientada. Tenía miedo de mi futuro. Días antes era inmensamente feliz, era una princesa, era extremadamente rica, no tenía ninguna responsabilidad, estaba rodeada de esclavas que se ocupaban de cualquier antojo mío, veía la vida dulce. Ahora no es que hubiera cambiado nada de todo esto pero la sombra de mi futura boda me angustiaba.

Los casamientos de mis hermanas, como el de cualquier mujer árabe era planificado por los padres. Las tres hermanas mayores habían tenido suerte con sus maridos pues eran jóvenes y las consideraban y trataban con respeto, pero yo conocía amigas que tenían hermanas mayores que habían sido casadas con hombres viejos y se sentían muy desgraciadas. A mí no me preocupaba mucho si acababa con un hombre joven o con un hombre viejo. Me preocupaba acabar con un hombre: los detestaba... amaba solamente a las mujeres. Aún no lo sabía a ciencia cierta pero era una lesbiana.

Nuestro palacio era una edificación tradicional – así lo quiso mi madre – una especie de castillo reformado y dotado de las más modernas tecnologías pero conservando el estilo de los Omeyas. Estaba dentro de una inmensa finca de 250 acres, un millón de metros cuadrados que era un auténtico vergel. Las cinco ramas de la familia real tenían palacios similares y todas tenían una gran dotación de esclavos para el servicio.

Hacía tres días que me había venido la regla – la sexta menstruación desde que comenzara a menstruar – y me hallaba sumida en una especie de indolencia profunda. Hacía apenas unas semana, mi hermana Sara, mi cuarta hermana mayor, se había casado. Hasta ese día las dos nos hallábamos muy unidas, éramos las pequeñas, pero a partir de su boda me había quedado sola en palacio. No es que mis hermanas hubiesen marchado lejos al casarse pues mi padre a cada una le construyó una villa junto a nuestro palacio, por lo que físicamente no estábamos lejos pero el palacio real donde habíamos pasado juntas nuestra niñez había quedado vacío, tan solo quedaba yo a la espera de que mis padres concertaran mi matrimonio. Una profunda depresión me embargó y me dejó postrada en la cama.

Yo estaba estirada en la cama, desnuda, bueno, sólo llevaba unas bragas para contener las compresas que absorvieran los fluidos menstruales. Estaba aburrida, abatida y deprimida. Miré alrededor de mi habitación y allí estaba mi criada, en un rincón, de pie, con las manos cruzadas delante del triste mandil de color negro y con la mirada baja.

―¡Yebit, fruta y labán... rápido! – ordené y su menuda y silenciosa figura desapareció sigilosa tras hacerme una profunda reverencia.

Incomprensiblemente, imagino que por hallarme sóla y encontrarme muy deprimida, pensé en mi criada. Teníamos tantas que no sabía el número. Cada año mi padre regresaba con nuevos esclavos. Viajaba por Asia y África y volvía con sudaneses, nubios, filipinos, thailandeses, pakistanís... siempre niños y niñas. Había esclavos por toda la casa, en todas las dependencias, por toda la finca. Mis hermanas y yo los despreciábamos al igual que hacen todos los árabes ricos. Para nosotras eran bultos que se desplazaban y estaban allí para servirnos y obedecer nuestras órdenes. Además cada una de nosotras tenía su propia doncella, alguna incluso tenía dos. La mía era filipina. Tenía mi misma edad y era dócil y sumisa como un perro. A pesar de que hacía cuatro años que la tenía, me la regaló mi madre cuando cumplí los diez, a pesar de que desde hacía cuatro años me seguía a todas partes y permanecía a mi lado las veinticuatro horas del día, no sabía su nombre. Lo tenía, desde luego, pero nunca me había interesado conocerlo. La llamaba «yebit» que en árabe quiere decir «esclava sin nombre», y es una forma despectiva de llamar a una criada.

En esos cuatro años jamás le había dirigido la palabra salvo para darle órdenes. Incluso las órdenes contenían pocas palabras. Solía nombrar lo que quería y ella debía interpretar. Acababa de ordenarle que quería que me trajera fruta fresca y un batido de leche fría con mantequilla y canela que llamamos «labán» y tan sólo había dicho: «¡Yebit, fruta y labán... rápido!». Si quería cualquier cosa sólo tenía que nombrarla y ella me la traía. Si quería que me descalzara decía «sandalias» y la yebit corría a arrodillarse a mis pies para descalzarme. Lo mismo ocurría si estaba descalza y decía «sandalias... o zapatillas» la yebit corría con mis zapatos en sus manos, se arrodillaba y me calzaba.

Me revolví y alcancé una revista en el momento que entró la criada con una bandeja. Colocó la fruta a mi alcance y me tendió el vaso de labán. Di un trago largo. Estaba refrescante y dejé el vaso en la bandeja.

―¡Yebit... mis pies! – ordené sin dejar de ojear la revista – ¡las plantas! – concreté.

La esclava se arrodilló a los pies de la cama y acercó su cara a mis pies. Entonces noté sus labios. ¡Cómo me gustaba que me besaran los pies! Seguí pasando páginas de la revista, era una de esas revistas occidentales de cotilleos que tanto me gustaban.

―¡Los dedos, yebit! – me limité a decir y para confirmar la orden los moví arriba y abajo.

Inmediatamente sus labios besaron las yemas de mis dedos. Seguro que olían mal pero no me importaba lo más mínimo.

Dejé la revista. Estaba aburrida. Cogí un racimo de uva y me lo fui comiendo lentamente mientras contemplaba la menuda figura de mi esclava besándome los pies.

Me miré las uñas. Días atrás, para la boda de mi hermana Sara, que es la inmediata siguiente a mí en edad, me hice pintar las uñas de los pies con henna de colores. Las negras nubias eran especialistas y me habían dejado unas uñas preciosas. Entonces estiré los pies un poco hacia abajo.

―¡Las uñas, yebit!

Como una autómata mi esclava comenzó a pasar sus labios sobre mis bonitas uñas. Moví los dedos y le separé los labios.

―¡Con la lengua, yebit!

La esclava abrió los labios y se metió los dedos en su boca. Pasó la lengua por las uñas y por las yemas de los dedos. La miré mientras hacía aquel acto tan servil y humillante y pensé en lo afortunada que era de tener a alguien que tuviese que obedecer todas mis órdenes, por humillantes que fuesen. Me sonreí viéndola lamerme los dedos de los pies. Llevaba varios días profundamente abatida. Al hecho de que tras mi primera menstruación mi madre me dijera que acababa de entrar en el «mercado» lo que equivalía a decir que me podían casar y la perspectiva de pertenecer a un hombre me deprimía, había que añadir la reciente «pérdida» de mi hermana Sara. Ahora Sara tenía su propia villa cercana al palacio y mi madre se la había llenado de esclavas como había hecho con cada una de las hijas que había casado e igual que haría conmigo cuando llegara mi hora de abandonar el palacio para instalarme en mi propia villa. Pero yo no quería que eso sucediera porque no quería casarme. Yo ya me encontraba bien en palacio. Aparte de mi yebit personal tenía a más esclavas de las que jamás pudiese necesitar.

―¡Yebit, las plantas!

La fruta fresca, el labán helado y mi esclava a mis pies me habían animado un poco. Entonces, mirándola me asaltó un pesar nuevo. Pasé de sentirme feliz por la suerte que tenía de ser hija de una familia rica, una princesa, a preguntarme por la muchacha que estaba besando mis pies para complacer mi capricho. Pensé que hacía cuatro años que me servía con diligencia, con docilidad, con sumisión y no sabía su nombre. Me limitaba a llamarla «yebit» y ya está. Tampoco conocía su rostro. Primero porque no la miraba casi nunca cuando le ordenaba algo y segundo porque ella tenía prohibido mirarme a mí a la cara. Siempre que estaba en mi presencia debía mantener la cabeza inclinada, incluso cuando caminaba lo hacía con la cabeza gacha, como si tuviera un enorme peso en la nuca. Ahora mis pies me tapaban su rostro. Ella seguía besándome las plantas de los pies así que los aparté. La esclava se quedó un momento desconcertada. Yo movía los pies y ella no sabía que hacer. Su mirada iba de uno al otro pie y pude ver que sus ojos se llenaban de angustia. ¿Qué le pasaba... a qué tenía miedo? Qué curioso. Nunca me había parado a pensar que mi criada pudiera tener sensaciones y en estos momentos parecían ser angustiosas. Volví a juntar los pies y vi un cambio de expresión tanto en sus ojos como en su rostro. Parecía de alivio. Me sonreí. Creo que era la primera vez en mi vida que me fijaba en su cara. Era bonita y tenía los ojos azules.

La yebit volvió a besarme las plantas de los pies. Entonces pensé que no conocía su voz. ¿Tendría voz? Claro, no era muda porque lo cierto es que después de cada orden que yo le daba ella decía siempre «sí mi ama», pero lo decía tan bajito y para mí era tan normal y cotidiano que ni me fijaba. Entonces decidí darle otra orden para ver cómo era su voz. De hecho tenía una necesidad.

―¡Orinal! – le dije porque me estaba meando.

―Sí mi ama.

Agucé el oído y pude escuchar su vocecilla. Era como un pajarito. No me extraña que hasta ahora no me hubiera dado cuenta de cómo era.

Dejó de besar mis pies y metiéndose bajo la cama sacó el gran orinal de oro. Era de una aleación de metal y bañada en oro. En el palacio todas las habitaciones tenían baño y todos los sanitarios eran de oro, aunque en realidad cualquiera de mis hermanas y yo hacíamos nuestras necesidades allí donde nos apetecía, en el suelo de cualquier estancia. Siempre nos seguía nuestra esclava y por tanto meábamos y cagábamos en el suelo, donde nos daba la gana, lejos de los demás eso sí, y después nuestras esclavas recogían y limpiaban al instante el suelo de mármol que cubría todas las estancias de palacio. Siempre llevaban en un bolsillo de su delantal un paquete de toallitas higiénicas para cuando teníamos una necesidad repentina, que era la mayoría de las veces y también tenían que llevar un cepillo de betún porque éramos muy exigentes en el brillo de nuestros zapatos que comprábamos en Londres, Roma o París por docenas.

Arrastró el orinal y lo colocó cerca de la cama. En mi habitación no solía ensuciar el suelo de mármol, aunque no sé porqué lo hacía porque mi esclava, una vez que yo había meado o cagado limpiaba el suelo con tanto frenesí y con tan impetuosa entrega que quedaba limpio al instante y no hacía nada de olor.

Me levanté de la cama. Me sentía perezosa, alicaída e indolente. La criada se arrodilló para sacarme las bragas y las compresas. Estaban manchadas de sangre. Me senté a horcajadas sobre el orinal y mientras ella guardaba la ropa íntima y sucia que me acababa de sacar en el cesto de la ropa sucia me puse a mear a chorros.

Aún estaba soltando los últimos chorritos de pipí que noté su silenciosa presencia arrodillada a mi lado

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Las mujeres árabes no tenemos prácticamente derechos. Somos figuras decorativas sin voz ni voto en el mundo de los hombres. El creador nos puso para satisfacer el ardor sexual del hombre y darle hijos, cuantos más mejor. La sociedad de los hombres es aparte de la que forman las mujeres. Los hombres no pueden vernos porque es pecado y por eso nos cubrimos el cuerpo y el rostro con abbayas y velos pero cuando estamos las mujeres solas todo cambia. Entonces somos activas, nos desnudamos o mostramos nuestros mejores vestidos, nos peinamos, nos pintamos, nos enjoyamos, nos probamos vestidos y zapatos, nos reímos, hablamos de sexo, de nuestras cosas. Todo es diferente cuando estamos solas. Por eso en Arabia las casas tienen la zona de los hombres y la zona de las mujeres. Las mujeres gobernamos la casa y si bien de puertas para fuera no somos nada, de puertas para adentro y sobre todo en nuestra zona somos las dueñas de nuestras vidas y la de nuestras criadas. Quizás es por todo eso que muchas mujeres árabes tratamos a nuestras criadas con desprecio e incluso con crueldad. Parece que es la manera que tenemos de manifestar nuestro poder que en otros ámbitos nos es negado. En mi caso, como en el de toda nuestra inmensa familia real compuesta por más de 1.000 miembros de las cinco ramas familiares, además tenemos el privilegio de tener esclavos. Los árabes ricos tienen criadas a las que tratan como esclavas pero nosotras, las mujeres de la casa real tenemos esclavos. Lo que sucede en el interior de cualquiera de los muchos palacios reales es coto privado donde sólo el rey puede intervenir y el rey tolera la esclavitud porque favorece a los incontables e intocables miembros de su larga familia.

Las mujeres árabes, posiblemente por culpa de esa situación de indefensión pública se convierten en auténticas tiranas con sus subordinados. Las mujeres árabes menos agraciadas económicamente practican esa tiranía con sus propias hijas y con sus criadas a las que explotan y tratan con crueldad. Las que como yo y mi familia pertenecemos a la clase alta, que somos inmesamente ricos y además pertenecemos a alguna rama de la familia real, las mujeres practicamos esta tiranía con nuestras sirvientas y esclavas.

Desde que nací he vivido rodeada de esclavas. Para mí y para mis hermanas las esclavas, niñas y muchachas extranjeras que estaban ahí sólo para servir y obedecer nuestros caprichos, no tenían la consideración de personas, de seres humanos. De mis primeros recuerdos, de mi más tierna infancia, posiblemente pueda remontarme a mis seis años, y recuerdo que siempre veía a las pobres esclavas arrodilladas y temerosas, siempre bajando la cabeza. Su imagen sumisa y sometida había nacido conmigo y me había acompañado durante toda mi vida. Además veía a mis hermanas mayores y a mi madre y a mis primas y a mis amigas, tratar a las esclavas con desprecio, con despotismo e incluso con crueldad, por tanto nunca antes me había parado a considerar a mis esclavas como seres humanos, dignos de atención, de pena, de ayuda. Jamás me había pasado por la cabeza pensar que aquellas muchachas de diversas razas que estaban pendientes de que cualquiera de nosotras chasqueara los dedos para correr a arrojarse a nuestros pies pudieran tener sentimientos. No es que no me importaran sus sentimientos, es que no les concedía la posibilidad de que los tuviesen.

Recuerdo de muy pequeñina haber llorado amargamente cuando se me murió un gatito. Al día siguiente murió una esclava, una niña negra a la que la mayor de mis hermanas había golpeado con un palo de golf. Nura, mi hermana mayor ordenó a varios sirvientes cavar un agujero en uno de los cientos de jardines que rodeaban nuestro palacio. Luego hizo enterrar a la negrita a la que dejaron fuera sólo la cabeza. La niña lloraba. Todas mis hermanas, yo incluída, habíamos sabido que Nura y Begum, la segunda hermana en edad, habían ideado un plan para divertirse – el aburrimiento a veces era insoportable – y a escondidas de mi madre nos trasladamos todas a la zona donde estaba parcialmente enterrada la esclava. Nura y Begum llevaban palos de golf, en esa época ellas tenían 14 y 12 años respectivamente y Nura además estaba ya prometida y a punto de casarse. Yo no tenía ni idea de que era eso del golf, y vi que ponían sobre su cabeza que emergía del suelo una pelotita blanca. Mis otras tres hermanas y nuestras criadas que nos seguían a todas partes nos sentamos para ver la «diversión» que nos habían prometido. Nura y Begum se turnaban. Empezó Nura levantando el palo de hierro y bajándolo a gran velocidad sobre la cabeza de la niña. Un grito aterrador de la esclava enterrada al ver venir el palo hacia su cara nos arrancó una carcajada a las demás, excepto a nuestras criadas. El palo dio en la pelota y ésta salió por los aires. Mi hermana Begum hizo lo mismo. Puso una pelotita sobre la cabeza de la esclava y la golpeó con el palo. Todas encontrábamos el juego divertidísimo y el que la esclava gritara aterrorizada y llorase de miedo sin cesar aún lo hacía más emocionante. En una de estas Nura falló y la base de hierro del palo de golf golpeó la boca y la nariz de la negra. Un gran chorro de sangre salió de su cara. Gritos histéricos de la esclava. Yo me asusté, era la más pequeña, pero mi tercera hermana en edad que estaba sentada con Sara y conmigo me dijo que no me preocupase «no es más que una esclava» y sus palabras me tranquilizaron. Nura volvió a poner la pelotita sobre la cabeza de la ensangrentada negrita que seguía gritando y llorando. Mi hermana Nura volvió a fallar, imagino que los aullidos de la negrita la pusieron nerviosa. El hierro chocó ahora contra su frente y ésta se quebró, como un cristal. La esclava dejó de llorar y gritar justo después del golpe. Estaba muerta.

Nos fuimos hacia la casa apenadas porque se había terminado la diversión y yo aún seguía preocupada porque el día anterior se había muerto mi gatito. La esclava nubia había muerto y nuestro único sentimiento lo expresó Tahani, mi tercera hermana que en ese momento tenía 10 años, la que me había tranquilizado cuando yo había expresado un cierto sentimiento de pena al ver cómo gritaba la niña semi enterrada. Tahani dijo: Espero que mamá no se enfade con Nura y le quite una esclava, o que nos la quite a alguna de nosotras. Tahani hablaba de Nura, Begum y ella misma, que por ser mayores de diez años ya tenían esclavas propias. Sara que tenía ocho años y yo que tenía seis, las más pequeñas, aún no las teníamos, aunque a mí no me hacían especialmente ninguna falta pues en casa había al menos veinte esclavas y utilizaba a la primera que tenía a mano.

Con lo que acabo de explicar queda claro que para nosotras las esclavas que servían en casa no eran consideradas seres humanos. Como he dicho antes, para nosotras no eran más que bultos andantes destinados a obedecernos.

Mamá, evidentemente se enteró de lo que había hecho Nura. La riñó con firmeza aunque no le quitó ninguna esclava. Yo no acababa de entender a qué venía aquella regañina, total se trataba de una negra. Las esclavas negras, nubias en su mayoría, las utilizábamos en casa para las tareas pesadas, eran como mulas de carga, bestias. Para las esclavas del servicio personal se utilizaban esclavas filipinas, thailandesas o de otras razas que considerábamos más refinadas. Las árabes sentimos mucho desprecio por las negras.

En la inmensa finca había cuatro palacios colindantes y correspondían a cada una de las cuatro esposas de mi padre. Mi madre era la esposa principal y las otras tres esposas eran las secundarias pero tenían parecidos derechos que la principal y entre estos estaba el tener esclavos. Si en nuestro palacio había veintitantas esclavas en los otros tres no había menos. Mis otras madres, como llamábamos a las otras esposas de mi padre también habían tenido muchas hijas a las que llamábamos nuestras primas.

En uno de los jardines habían habilitado un cementerio para las esclavas. Este cementerio acogía todas las esclavas de las cuatro esposas de mi padre.

El cementerio de esclavos estaba lleno de pequeñas tumbas sin nombre y sin identificación. Desde el balcón de mi habitación había visto muchas veces cómo un par de esclavos transportaban de manera casi clandestina un pequeño ataúd que enterraban en ese cementerio. En Arabia se tiene la costumbre de azotar a las criadas y a las esclavas. En casa era mamá la que decidía los castigos de las criadas y esclavas. Cuando veía que enterraban uno de esos ataudes no me paraba a pensar quien era la persona que lo ocupaba, ni si había muerto a consecuencia del castigo que hubiese impuesto mamá, o cualquiera de las otras esposas de mi padre, o si había sido consecuencia de la «diversión» de alguna de las numerosas hijas de mi padre.

A pesar de que había visto con mis ojos cómo Nura le abría la cabeza a la negrita con el palo de golf, jamás me planteé que Nura la hubiese asesinado. Para mí y para mis hermanas sólo había sido una diversión. Que su frente se hubiera abierto como una cáscara de huevo al caer contra el suelo no tenía un significado especial. Nura había querido jugar con aquella pelotita y con aquel palo sobre la cabeza de la negra y todas nos habíamos divertido mucho, eso era lo único que en realidad contaba. Aquella negra, como todas las demás, estaban allí para trabajar hasta morir. Qué más daba que la muerte les llegara como consecuencia de inacabables jornadas de duro trabajo, una deficiente alimentación y excesivos castigos físicos o que tuviera lugar para divertir a las aburridas señoritas a las que debían servir...

Al igual que mis hermanas y mis primas, yo no me preocupaba por las esclavas que trabajaban en casa. No era capaz de saber si las niñas que veía fregando los suelos de rodillas eran las mismas que el día anterior, entre otras cosas porque no me importaba y porque tampoco prestaba atención. Estaban ahí de rodillas, sudando para que nosotras pudiéramos vivir en un ambiente agradable, eso era lo único que importaba. Tampoco tenían permiso para mirarnos a la cara por lo que me era imposible saber si una esclava que estaba arrodillada trabajando era la misma que había visto el día anterior. Por tanto, cuando desde el balcón de mi habitación veía transportar y enterrar un ataúd me era indiferente saber o no quien lo ocupaba. Lo que sí sabía era que cada mes llegaban nuevas esclavas a palacio que se repartían entre los cuatro palacios contiguos para reponer a aquellas que habían muerto. Supongo que la negrita a la que Nura había matado fue repuesta al mes siguiente, al regreso del siguiente viaje de papá por tierras extranjeras.


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Imagino que la fruta y el labán, la bebida fría, mezclado con que tenía la regla me habían alterado los intestinos. Había acabado de orinar y entonces noté los retortijones en mi vientre. Me tiré un montón de pedos y comencé a cagar. Era como diarrea. Mi esclava seguía arrodillada silenciosamente a mi lado pero vi que me miraba. Imagino que el ruido y el olor de mis fuertes ventosidades la había llamado la atención. Me estaba mirando. Lo tenía prohibido. Creo que nunca me había mirado a la cara, tampoco estoy muy segura porque no solía fijarme en ella. Me molestó su mirada y la abofeteé. Le di una bofetada.

―Qué miras! – le grité indignada.

No era habitual que la golpeara aunque no era la primera vez que lo hacía. Me levanté del orinal y le mostré el culo sucio.

―¡Límpiame! – le ordené.

La filipina se sacó del bolsillo de su delantal un paquete de toallitas higiénicas y me limpió con suavidad. Luego se llevó el orinal y la oí limpiarlo. Regresó con compresas limpias y otras bragas. Me estiré en la cama y ella me las colocó. Yo la miraba. Acababa de abofetearla y parecía nerviosa.

―¡Acomódame las almohadas!

Seguía nerviosa y ahuecando los cojines me los colocó como sabía que a mí me gustaban. Me recosté y volví a coger la revista.

―¡Frótame los pies! – le ordené.

Me encantaba que me frotaran los pies y que me los besaran. Bajé un poco la revista y me quedé mirando a mi esclava mientras me frotaba los pies. Acababa de limpiarme el culo y además la había abofeteado y lo más curioso es que no recordaba su nombre. Hacía cuatro años que me la habían regalado y creo que me dijeron su nombre el día que me la entregaron con una correa para que la llevara como a un perro, pero siempre la había llamado yebit. ¿Cómo se llamaba? Volví a leer los pies de foto de la revista de cotilleo donde aparecían los famosos y famosas, gente rica, aunque la mayoría no podían comparar sus fortunas con la de nuestro padre.

Intenté leer algo más que los tópicos comentarios a pie de foto pero no podía concentrarme. Dejé la revista a un lado y cogí un dátil que me llevé a la boca. Seguía intensamente deprimida. Me quedé contemplando a mi esclava frotarme los pies, arrodillada frente a mi cama y con la mirada gacha.

―¡Bésamelos! – le dije – ¡Despacito!

La yebit dejó de frotarme los pies con sus cálidas manos y comenzó de nuevo a besarme las plantas. Yo seguía mirándola. Creo que era la primera vez en mi vida que le dedicaba tanta atención a mi esclava. ¿A qué se debía aquél repentino interés, o mejor dicho, curiosidad por mi esclava a la que siempre había ignorado? Creo que en aquel momento no lo sabía, pero hoy, recordando esa época sí creo saberlo: me sentía sola. En catorce años siempre había estado con mis hermanas. Aúnque por el mismo orden de nacimiento se fueron casando, siempre quedaban las demás. Sara había sido la última en abandonar el palacio y su ausencia era muy reciente y me había afectado mucho.

Habíamos estado muy unidas, éramos las pequeñas. No hacía ni una semana que Sara había dejado el palacio principal para instalarse en su villa. Su marcha me sumió en una profunda tristeza y la menstruación no hacía más que recordarme que yo sería la siguiente en casarse y no quería. Odiaba a los hombres. No quería casarme.

Si hubiese sido religiosa me habría refugiado en la lectura del Corán pero no lo era. Mi cabecita no paraba de dar vueltas a mi nueva situación: sola, sin mis hermanas y con mi madre negociando mi futuro. Creo que fue ese abatido estado de ánimo que hizo que por primera vez en mi vida reparara en la presencia muda, callada, silenciosa y servil de aquella muchacha.

Necesitaba hablar con alguien y no tenía a nadie. Mis hermanas y mis primas estaban relativamente cerca, sólo tenía que levantarme, hacerme vestir y calzar y salir de palacio, caminar un poco y podía entrar en cualquiera de los otros palacios de las esposas de mi padre para encontrarme con cualquiera de mis primas. O podía andar un poco más e ir de villa en villa, y visitar a alguna de mis hermanas, especialmente a Sara. ¡No, a Sara no podía verla! ¡Estaba de viaje de luna de miel... y por ocho semanas! Aún me sentí peor al recordar que Sara estaba lejos de mí. ¿Qué podía hacer?

Agité los deditos de mis pies y la esclava, al verlo interpretó que quería que me los besara. Eso hizo. Con suma delicadeza me los besó todos, uno a uno. Primero me besó todas las carnosas yemas y después todas y cada una de las uñas de mis pies. Me sonreí. No los había movido para reclamar en ellos la atención de mi esclava. Tenía una excusa para castigarla. Pensé en cómo castigarla. Podía ordenarle que me diera mi sandalia y pegarle con la suela en la cara. Luego podía decirle porqué la pegaba o podía no decírselo. Me sonreí para mis adentros pensando que era una manera de divertirme pero al instante desestimé la idea. No sé porqué lo hice. Pensé en la esclava. Nunca me había dado motivo de queja y eso no la había puesto a salvo de mi frecuente mal carácter. Es más, lo que acababa de hacer y por lo que yo estaba meditando castigarla no era más que un servil exceso de celo por complacerme.

Sacudí la cabeza. No podía ser. Me estaba dejando llevar por pensamientos que jamás había tenido. ¡Estaba pensando en mi esclava! ¡Pero si no recordaba cómo se llamaba!

De repente el vacío que sentía en mi interior y que me causaba aquella profunda depresión y desánimo se hizo más agudo, más intenso. Tenía necesidad de hablar, de contarle a alguien lo que me pasaba si es que era capaz de expresarlo con palabras porque creo que ni yo misma sabía qué demonios me ocurría y no tenía a nadie con quien comunicarme.

Mi cabecita iba a explotar. Entonces, tuve una especie de revelación. Pensé en mi yebit como en un ser humano y la sensación de vértigo se hizo aún más acusada. Mi cabecita se llenó de preguntas. ¿Qué pensaría de mí la esclava? Debía odiarme, seguro. ¿Tenía mi misma edad? Creo que sí pero la verdad es que no lo sabía, de la misma manera que no recordaba su nombre. ¿Tenía padres? ¿Los echaba de menos? ¿Y hermanas? ¿Tenía hermanas?

Esa última pregunta me trajo un recuerdo bastante reciente. Ocurrió dos años antes. Una de mis primas más queridas, Fátima, dos años mayor que yo, ordenó que azotaran a una de sus esclavas indias. Mi madre no nos dejaba imponer castigos, si considerábamos que una esclava merecía ser azotada o castigada de cualquier otro modo se lo teníamos que decir a ella. Mi madre nos escuchaba y después decidía. Casi siempre hacía caso del castigo que solicitábamos para la esclava pero era ella quien lo autorizaba. Sin embargo la madre de Fátima dejaba a sus hijas libertad para decidir ellas mismas los castigos que considerasen pertinentes.

Sara y yo estábamos con Fátima cuando se enfadó tanto con una esclava negra que mandó que fuera azotada. Ordenó cincuenta latigazos. El castigo se llevó a cabo en el patio común a los cuatro palacios, al que todos tenían acceso, por tanto Sara y yo nos fuimos a nuestro palacio y contemplamos el castigo desde una de las terrazas de las mujeres. Alrededor nuestro había varias esclavas de rodillas fregando los suelos. Permanentemente había esclavas arrodilladas frotando sin cesar, noche y día, los elegantes mármoles de palacio para que siempre brillaran como espejos. Desde donde estábamos sólo se oía el estallido del látigo en la espalda de la esclava de Fátima y los gemidos que morían en la boca amordazada. Sara y yo contemplábamos el suplicio como quien ve una película, comiendo deliciosas «pop corn», como en el cine. Sara chasqueó los dedos y las cuatro negras que frotaban los suelos levantaron la cabeza a la vez. Sara señaló a una y le hizo seña de que se acercara. Nos apetecía estar más cómodas y la hicimos poner a cuatro patas frente a nosotras. Estiramos las piernas y apoyamos los pies sobre su espalda.

A mí se me cayeron unas cuantas rosetas de maíz al suelo y con una señal permití a mi yebit, que permanecía detrás de mí, que se las comiera. Los latigazos seguían cayendo lentamente. La visión que teníamos desde nuestra terraza era magnífica, podíamos ver las sanguinolentas hendiduras que dejaba el látigo en la piel de la negra tras cada latigazo y escuchar los gemidos que escapaban a la mordaza. Entonces la negra que nos estaba haciendo de reposapiés se puso a llorar. Sara y yo nos miramos asombradas y extrañadas. Entonces Sara que apoyaba sus pies sobre la nuca de la esclava le golpeó con el tacón de su chinela en la oreja.

―¡Cállate! – le gritó Sara.

Nos miramos y nos echamos a reír. Nuestra negra siguió llorando. No entendíamos qué pasaba. ¿Cómo se atrevía aquella esclava a llorar? Entonces nos dimos cuenta de que el castigo de la esclava de Fátima había concluído. Fátima se acercó al cuerpo que pendía inherte del poste donde había sido atada y el esclavo que había llevado a cabo el castigo, arrodillándose a sus pies le comunicó que la esclava estaba muerta.

Nuestra negra redobló el llanto. Yo iba a proponer a mi hermana que le pidiéramos a mamá que la castigara pero me callé porque Sara hizo algo inusual. Viendo que nuestra negra seguía llorando cada vez con más intensidad le preguntó qué le pasaba, porqué lloraba.

―Esa niña era mi hermana, amita Sara – contestó entre sollozos e hipos nuestra negra.

Sara y yo nos miramos y nos encogimos de hombros. El espectáculo había acabado y nos apetecía darnos un baño en uno de los muchos lagos que rodeaban el palacio. Nos fuimos dejando a nuestra esclava llorando.

―¡Sigue abrillantando el suelo, negra! – le dijo Sara antes de marcharnos.

Mientras me hacía todas aquellas preguntas sobre mi yebit me había venido a la memoria este recuerdo relativamente reciente. De hecho fue la primera vez que, ni que fuese por un instante, fui consciente de que nuestras esclavas habían nacido de madre y que podían tener familia al igual que la teníamos nosotras, aunque ese pensamiento se esfumó nada más entrar en las agradables y refrescantes aguas del lago.

Miré de nuevo a mi yebit. Aquel recuerdo ahora tenía otro significado del que tuvo en su momento. Nuestras esclavas eran hijas de padre y madre. Eran seres humanos de carne y hueso, que sufrían para nuestra comodidad y para nuestra diversión. ¿Qué me estaba pasando? ¿La soledad y la angustia en que me hallaba sumida desde hacía una semana habían provocado en mí todos esos pensamientos que jamás anteriormente habían ni siquiera pasado por mi cabecita? ¿Había sido todo culpa de ese miedo indefinido que me atenazaba? Mi yebit seguía besando los deditos de mis pies. Me fijé que me los besaba con ternura.

―¡Las plantas, yebit! – le ordené porque estaba harta de que me besara los dedos de los pies.

La esclava me cogió ambos pies con sus manos y comenzó a besarme las plantas. ¿Qué debía estar pasando en estos momentos por la cabeza de mi esclava? ¿Qué coño debía estar pensando de mí? Cogí otro dátil y me lo llevé a la boca. Tenía sed pero temía que el frío labán me provocara más retortijones de vientre. ¡Y qué, pensé, si me entran ganas de cagar cago y ya está...! y cogiendo el vaso le di un buen trago, hasta terminar su contenido.

Chasqueé la lengua, dejé el vaso en la bandeja y me limpié los labios con el antebrazo. Eructé y se me escapó una carcajada. Mi yebit, sorprendida, más que por el eructo, por la carcajada, dejó un instante de besar las plantas de mis pies y me observó fugazmente por encima de los dedos de los pies que casi le cubrían la cara. Había vuelto a mirarme. Podía castigarla por aquello. ¿Cómo puedes castigarla si esta chica es una joya...? me dije y de nuevo más preguntas acecharon mi cabecita. ¿Sentirá añoranza de su tierra... de su familia? ¿Sabrá algo de sus padres y hermanos? Lleva cuatro años fuera y es consciente de que jamás regresará. ¿Realmente es consciente? Si yo fuese ella me habría muerto, habría enloquecido. Y ni siquiera sé su nombre.

―¿Cómo te llamas? – le pregunté de repente.

Solté un suspiro cuando la frase terminó de salir de mis labios. En cuatro años era la primera vez que me dirigía a ella para decirle algo que no fuera darle alguna orden humillante. Aunque no sabía porqué me sentí avergonzada.

Ella no se lo esperaba. Por un momento sus labios dejaron de moverse. Se quedaron pegados a una de las plantas de mis pies. Sus ojos azules ¡qué bonitos eran sus ojos azules...! me contemplaron extrañados mirándome por encima de los dedos de mis pies.

―Puedes dejar de besarme los pies... mejor me los frotas, te será más fácil para contestarme.

―Maddy, mi ama – me contestó y contrariamente a sus tímidas respuestas que consisitían siempre en un débil «sí mi ama», esta vez su voz sonó fuerte y clara.

Me quedé impresionada. En cuatro años no había oído el verdadero timbre de su voz y tenía una voz melosa, armónica, musical. Tierna y suave pero clara.

―Maddy? Qué quiere decir Maddy? – le pregunté extrañada.

¡Por todos los ulemas! ¡Estaba hablando con mi esclava y no era para darle las acostumbradas y escuetas órdenes que ella debía saber interpretar, no, estaba teniendo una conversación! Bueno, aún no la teníamos pero aquellas dos preguntas eran un buen principio.

―Madeline, mi ama, pero siempre me han llamado Maddy.

―Maddy... – repetí mirándola a los ojos que ella bajó inmediatamente – me gusta.

A pesar de haber escondido un poco el rostro pude apreciar una sonrisa dibujada en él. Era increíble. Acababa de sonreír. Pero qué motivo podía tener una esclava para sonreír? El que yo dijera que me gustaba su nombre? Maddy, mi yebit, mi esclava sin nombre seguía frotándome los pies.

Ahora mi esclava tenía nombre. Después de cuatro años tenía nombre. ¿Qué me había movido a preguntárselo? No lo sé del cierto pero estoy segura de que en aquellos momentos necesitaba comunicarme y ella era el único ser vivo con el que podía hacerlo.

Si quería podía volver a olvidar su nombre. Sólo tenía que volver a llarmarla yebit, y pensé en hacerlo pero no pude. Ahora aquella muchacha, aquella chica que llevaba cuatro años calzándome, limpiándome los zapatos, lamiendo las sobras que dejaba en mi plato, limpiándome el culo cuando terminaba de cagar, velando mis sueños, abanicándome cuando tenía calor, frotándome los pies o besándomelos cuando descansaba indolentemente en mi cama, o en cualquiera de las tumbonas de mimbre de las terrazas, que me seguía a todas partes como mi sombra, que me esperaba con la toalla en la mano a que saliera de mis baños en el lago, que aguardaba horas y horas bajo el sol mientras yo paseaba a caballo, que lustraba mis botas hasta espejearlas, a la que había abofeteado cuando se me había antojado, a la que había insultado y menospreciado infinidad de veces, a la que había humillado con mi desprecio, con órdenes vejatorias... ahora aquella muchacha tenía un nombre, y me gustaba.

―Tienes padres? – le pregunté.

Nunca me había parado a pensar que aquellas muchachas que teníamos en casa para que nosotras no tuvieramos que hacer nada que puedieran hacer ellas, que las teníamos para hacernos la vida más cómoda hasta llegar al extremo de que no me molestaba ni en desplazar los pies un palmo para ponerme las zapatillas, me limitaba a nombrarlas y ella me las ponía, como digo, jamás había pensado que aquellas muchachas eran hijas de un padre y una madre y que tendrían hermanos. Para mí, y para mís hermanas, tenían como mucho la consideración de seres vivos pero no de personas.

―A mi padre no lo conocí... y sí... sí tengo madre... bueno, al menos la tenía hace cuatro años...

―No sabes nada de ella? – le pregunté sin pensar en el sentido de mi pregunta.

Ella se me quedó mirando por unos segundos con cara de tonta, mejor dicho, de sorprendia. ¡Cómo coño iba a saber nada de su madre si era una esclava! Desde el día que la compró mi padre había dejado de existir, tan solo era una pertenencia mía, una propiedad, como lo eran mis zapatos.

―No, claro, cómo ibas a saber nada de ella – casi me disculpé enrojeciendo de vergüenza por mi nula sensibilidad.

¿Qué me pasaba? ¿Me estaba ablandando? ¿De repente había pedido el juicio y hablaba con mi esclava como si fuese un ser humano? ¿Podía ser posible que tuviera algún sentimiento hacia esa muchacha que seguía frotándome los pies?

Sacudí la cabeza, no me apetecía entrar en disquisiciones conmigo misma. Al preguntarle por su madre pensé en la mía. Yo adoraba a mamá, la admiraba. Era una mujer elegante y bella y sabía ser cariñosa con sus hijas. Podía ser muy severa, e incluso cruel, con las esclavas pero con nosotras era todo bondad y ternura.

―Al menos recuerdas a tu madre? Como era?

―Sí ama, recuerdo perfectamente su cara. No es un recuerdo feliz porque la última vez que la vi fue cuando se me llevaron y ella estaba llorando. No pasa un solo día que no piense en ella. Mi mamá era muy dulce y muy bonita y me quería mucho, por eso lloró tanto cuando se me llevaron.

Entonces me paré a pensar que no tenía ni idea de cómo una niña que tiene familia acaba siendo esclava. Eran secuestradas? Eran vendidas? Lo único que sabía era que una vez al mes nuevas esclavas entraban a servir en palacio y nada más me interesaba.

―¡Más labán, yebit! – le ordené al ver el vaso vacío y que me apetecía más.

―Sí ama – me contestó dejando de frotar mis pies y levantándose para llevarse el vaso vacío a la cocina.

Al instante me di cuenta de que la había vuelto a llamar yebit y sin saber porqué me supo mal no haberla llamado por su nombre. Ahora que lo sabía, no me costaba nada llamarla Maddy.

Mi esclava se retiró en silencio y mi cabecita se puso a pensar. Mamá tenía una esclava desde hacía muchos años y la llamaba por su nombre. Si yo llamara a la mía por el suyo no pasaría nada, seguiría siendo mi esclava. Maddy regresó con el vaso lleno de refrescante labán. Alargué el brazo y lo cogí y entonces hice algo que no había hecho en mi vida. Le di las gracias.

―Gracias Maddy – le dije.

Creo que lo hice para reparar un poco el hecho de que momentos antes la hubiera vuelto a humillar llamándola yebit, el caso es que Maddy se quedó asombrada, con la boca abierta. Maddy regresó de nuevo a los pies de la cama y se puso a frotármelos.

―Cómo era tu vida antes de ser esclava... – le pregunté

―Éramos muy pobres, ama, pero mi mamá hacía todo lo que podía para conseguirnos comida. Yo era la mediana de tres hermanas y cada día iba con mi hermana mayor a mendigar a la ciudad. Regresábamos con un poco de dinero y se lo entregábamos a mamá. Después jugaba mucho con Marieta, mi hermana pequeña, que era un año menor que yo y un poquito retrasadita. Todos queríamos mucho a Marietta... era una niña muy cariñosa. No teníamos casi de nada pero era muy feliz con mis hermanas y mi madre.

Por un momento sentí vergüenza de mi propia ignorancia, y más que por el hecho de ser ignorante en este aspecto por el hecho de no haberme planteado nunca, hasta ese día, cómo una niña podía ser feliz un día, aunque fuese muy pobre, y al siguiente ser totalmente desdichada. Un día jugaba con sus hermanitas y al siguiente tenía que obedecer cualquier orden que otra niña de su misma edad le diera.

―Y cómo fue que te hicieron esclava?

―Un día vino un hombre en un gran coche. Habló con mamá mucho rato. Luego nos llamó a mis hermanas y a mí. El hombre nos examinó una por una y nos iba comparando con una foto que llevaba. Al final me señaló a mí. Mamá se puso a gritar y a llorar y me cogió entre sus brazos con fuerza. El hombre nos separó y le arrojó al suelo un pequeño fajo de billetes. Le dijo que había 25 dólares y que los cogiera porque no tenía alternativa. Que el hombre árabe para el que trabajaba había sido muy explícito, y quería a la niña de la foto. Mamá intentó abalanzarse sobre el hombre pero éste era alto y fuerte y de un puñetazo la arrojó al suelo. El hombre me cogió en volandas y se me llevó hasta el automóvil. Mamá salió tras de mí llorando, con Marietta en brazos. Ésta fue la última vez que las vi. Dos días después su señora mamá me dijo que yo sería la esclava de su hija, la amita Mónica, y que debía obedecerla en todo cuanto me ordenase.

Era cierto. Recuerdo perfectamente ese día. Maddy estaba arrodillada ante mamá y yo que estaba sentada a su lado. Una etíope estaba arrodillada ante mamá y le frotaba los pies mientras mamá le explicaba a Maddy que desde ese instante era mi esclava. Recuerdo que me hinché de orgullo cuando mamá me dijo que era mía. Salté del sofá, sólo tenía diez años y mis pies no llegaban al suelo, eché a andar hacia mis aposentos y ella me siguió. Desde ese momento siempre que yo iba a algún sitio mi esclava me seguía prudencialmente.

―Cómo se llama tu madre? Lo recuerdas?

―Claro que lo recuerdo, ama Mónica, se llama María – me respondió.

Cuatro años sin pararme a pensar ni siquiera un momento que aquella niña que obedecía mis órdenes con rapidez era algo más que un ser vivo que debía obedecerme. Me acababa de dar cuenta de que era un ser humano que tenía, o había tenido, una familia. Y que tenía una madre. Cómo iba a olvidar el nombre de su madre, nadie olvida el nombre de su madre. Pero ese ser humano seguía siendo mi esclava.

―Tengo sueño... ponte a mi lado y abanícame. Y sigue abanicándome aunque me haya dormido, me molesta despertarme sudada – le dije.

Tuve un sueño reparador gracias al esfuerzo de Maddy que se pasó varias horas sudando, moviendo el abanico para que yo descansara plácidamente.



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Al día siguiente decidí salir de mis aposentos. Tenía que intentar poner fin a aquella angustia y a aquel aburrimiento y alejar de mis pensamientos la posibilidad de que concertasen mi matrimonio.

Me dirigí a los aposentos de mi madre. Entré sin llamar y la encontré desnuda sobre su cama. Una esclava le estaba haciendo masajes en los pies y otra la abanicaba. Cuando me vio corrió a echarse un chal por encima para tapar sus órganos sexuales. Era curioso, a mamá le daba vergüenza que yo, su hija, la viera desnuda y sin embargo no le afectaba que la vieran así sus esclavas.

―¿Qué haces? – me preguntó enrojeciendo al ver que la había sorprendido desnuda.

Las esclavas siguieron haciendo su trabajo, una la abanicaba y la otra, arrodillada, le amasaba los pies. Le dirigí mi mejor sonrisa y fui a sentarme en la cama, a su lado.

―Qué pasa mami? Te avergüenzas de que tu hijita te vea desnuda? Pero si tienes un cuerpo precioso – le dije retirándole con rapidez el chal y dejando al descubierto sus hermosos senos.

―No hagas eso, Mónica – me riñó sin excesiva convicción – no está bien que me veas desnuda.

―Y las esclavas qué...? Cuando he entrado no parecías preocupada de que te vieran...

―No digas tonterías... no son más que esclavas. Es como si estuviera desnuda delante de un animal.

Desde el día anterior, cuando había tenido aquella especie de «revelación» respecto a la existencia de mi esclava. Desde que había abierto los ojos del alma y Maddy había dejado de ser invisible para mí que veía a las esclavas de otra manera. Pero evidentemente mamá las seguía viendo como lo que eran, seres vivos, un escalafón por debajo de los animales porque los animales que teníamos en casa tenían su propia comida que se cocinaba en las cocinas y que las esclavas tenían que servirles. Estoy segura que las esclavas sentían envidia de nuestros animales domésticos, porque ellas sólo comian lo que nosotras tirábamos.

No quise discutir con mamá sobre el pudor. Me puse melosita y le acaricié la mejilla. Mamá me sonrió.

―¡Huda! – el rostro de mamá se endureció al hablar con la esclava que le sobaba los pies – ¡tráenos la merienda! ¡y me traes a una de esas negritas nuevas para los pies!

Mamá se levantó y la esclava que la abanicaba dejó el pesado aventador y se arrodilló para calzarla. Luego le puso la bata de seda.

―¡Ven, mi pequeña princesa... salgamos a la terraza y merendaremos!

Salimos a la espléndida terraza que comunicaba las habitaciones de mamá. Maddy me siguió, como una sombra distante. Nos recostamos en las magníficas tumbonas de mimbre y Huda llegó al poco rato con una enorme bandeja cargada de frutas, refrescos, tortas de pan caliente, humus, carne fría fileteada, dulces... en fin, un banquete. Se situó entre las dos tumbonas, de rodillas, y puso la fuente, que sostenía en sus manos, a una altura que tanto a mamá como a mí nos resultara cómodo coger la comida.

La negrita que había venido con Huda se arrodilló a los pies de mamá. Huda debía haberla aleccionado porque nada más arrodillase descalzó las zapatillas de mamá y comenzó a besarle los pies.

Yo llevaba puesta una elegante bata de seda de vivos colores con una abertura que dejaba al descubierto buena parte de mis espléndidas piernas. Comenzamos a comer.

―¡Los pies! – dije después de chasquear los dedos.

Maddy se movió felina y se arrodilló al extremo de la tumbona. Me descalzó las bonitas sandalias de pequeño tacón que usaba para ir por palacio y después de dejarlas con extremo cuidado alineadas en el suelo se puso a frotarme los pies.

―Mami... no quiero casarme – le dije de sopetón.

Mi madre se quedó con un bocado de comida a medio llevarse a la boca. Me miró como si estuviera loca.

―Pero qué dices, mi pequeña princesa. Claro que te vas a casar, como todas tus hermanas.

Cogí un trozo de carne fría y me la llevé a la boca. Estaba deliciosa y tenía hambre. La depresión me abría el apetito de forma desmesurada.

―Las plantas yebit, bésamelas – dije sin mirar a Maddy mientras rebuscaba en la bandeja que sostenía Huda otro trozo de carne que llevarme a la boca.

Enseguida sentí los cálidos labios de mi esclava recorrer despacio las plantas de mis pies. No sabía porqué no la había llamado Maddy. No lo sabía, de verdad pero seguro que era porque estaba delante de mi madre.

―Mami, si me obligas a casarme me mataré – le dije con la boca llena.

Mi madre me miró con expresión de angustia. Me puso su mano en mi brazo.

―Pero niña... mi niña más amada... pero qué son esas tonterías?

―¡Con la lengua, yebit... y los dedos, no olvides los dedos!

No sé porqué pero no me parecía correcto llamar a mi esclava por su nombre. No tenía ningún sentido porque mamá sí llamaba a las suyas por su nombre, pero desde que había descubierto que mi yebit tenía nombre me daba la impresión que debía reservar al ámbito privado el que la llamara Maddy. Era una tontería pero así eran las cosas que pasaban por mi cabecita.

―Mira mamá, odio a los hombres... no quiero casarme, no quiero ser infeliz... – le dije a mamá que aún me estaba mirando como si me hubiera vuelto loca.

―Pero eso es una tontería. Tus hermanas están casadas y ninguna de ellas es desgraciada... tú tampoco lo serás... yo te buscaré un buen marido...

―Mamá... me gustan las mujeres... soy lesbiana – le solté de sopetón, sin tener muy claro el real significado de la palabra pues en el fondo era una ignorante en estos temas.

La cara de mi madre era un poema. Me miró parpadeando ostensiblemente, mostrando claramente su estupor.

―¿Qué has dicho? – me preguntó incrédula.

Se lo repetí lentamente y la miré a la cara, sin miedo. Lo que acababa de hacer era algo inusual en nuestro mundo donde las apariencias lo son todo. Me había mostrado brutalmente sincera.

―Hace tiempo que lo sospechaba, pero ahora lo sé mami. Me excito pensando en mis amigas, pensando en mujeres. Los hombres me producen repulsión. Lo siento, pero así son las cosas. Si me obligas a casarme me mataré – le dije con calma y tranquilidad.

Se hizo un silencio largo, muy largo. Mamá no salía de su asombro y sorpresa. Arrojé un trozo de carne fría al suelo, cerca de Maddy.

―Puedes comértelo. Descansa un rato yebit... y cómete eso – le dije en referencia al trozo de carne que le había arrojado al suelo.

Maddy me miró por un segundo y vi una gran luminosidad en su mirada. Era una mirada de agradecimiento. No era la primera vez que le arrojaba algo de comer cuando yo merendaba pero yo ni la miraba. Ahora la había mirado expresamente, esperando a ver si ella me miraba. Y lo había hecho. En aquel gesto quise ver un cierto grado de complicidad de mi esclava.

―No sé qué decir, Mónica... no sé... – me decía mamá a la que veía realmente afectada por mi confesión.

―No digas nada... sólo quiero que me entiendas y me aceptes. Tampoco es algo tan malo no querer casarse.

Seguimos merendando. Huda llevaba más de media hora de rodillas con la bandeja sostenida a pulso y comenzaban a temblarle los brazos. Mamá se dio cuenta.

―Tienes más hambre, Mónica? – me preguntó.

Negué con la cabeza.

―Llévate la bandeja y tira la comida que ha sobrado a la basura. Luego vuelve.

Huda se retiró y al cabo de un rato regresó.

―Dame la zapatilla, Huda – le dijo mamá.

La esclava obedeció. Mamá cogió la zapatilla de suela de cuero duro y sin decir palabra le pegó un tremendo golpe con la suela en la cara. Luego otro, y otro y otro más. Luego le arrojó la zapatilla a la cara y Huda, que era tuerta de un ojo, la cogió del suelo y la colocó al lado de la otra. Por las mejillas de Huda resbalaban gruesas lágrimas y a me gustaba verla llorar para ver cómo le brotaban lágrimas de la cuenca vacía del ojo que un día mamá le vació.

―Porqué le pegas? – pregunté por curiosidad, más que nada porque no había visto que Huda hubiera cometido ninguna torpeza.

Por un momento pensé que la había pegado para desfogarse los nervios que mi confesión debían haberle alterado. No era la primera vez que si nos enfadábamos o nos poníamos nerviosas pegábamos a una esclava para calmarnos. Nura, mi hermana mayor, cuando estaba soltera tenía dos esclavas para ella sola, la esclava que le hacía de doncella y una negrita que le pidió a mamá que le regalara y que hacía servir para pasar los nervios pegándola cuando se enfadaba.

―Porque estoy segura de que antes de tirar la comida a la basura se ha hinchado a comer – me contó mamá y añadió – además le he pegado porqué sé que te gusta ver cómo le salen las lágrimas por la cuenca vacía... qué te piensas, que no sé que desde bien pequeña te quedabas esperando a ver si pegaba a Huda y mirabas con expectación para ver por dónde le salían las lágrimas?

Las dos nos pusimos a reír.

Una semana después mamá me dijo que haría todo lo posible para convencer a papá de que debían dejarme soltera. Evidentemente no podía contarle la verdad. Le diría que me había llevado al médico porque sentía molestias con la menstruación y que tras una serie de pruebas habían detectado que no podría tener hijos.

Eso fue lo que hizo mamá y mi padre se lo creyó. De hecho no era algo inusual. Si una mujer árabe se casaba y luego no podía tener hijos, el marido podía repudiarla. Mi padre no quiso aventurarse a correr el riesgo de que el deshonor recayera sobre nuestra familia. Cuando mi padre y mi madre me llamaron a su presencia tuve miedo. Mi padre se mostró muy comprensivo y para intentar compensarme por mi «desgracia» propuso que hiciera un largo viaje por el mundo. Yo me arrojé en sus brazos. Las cosas salían a pedir de boca y mi angustia vital desapareció como por arte de magia. El viaje tendría lugar dentro de dos meses.

Antes de emprender aquel viaje me propuse experimentar. Le había dicho a mi madre que yo era lesbiana pero aquella afirmación estaba basada en mis sentimientos ya que nunca antes había tenido un contacto sexual con otra mujer que pudiera reafirmarme en ese sentimiento.

Probé con una de mis primas, con Fátima, que me atraía mucho por su belleza y su forma de ser. Me llevé una gran decepción. Tenía la sospecha de que Fátima también era lesbiana. Una tarde, poco antes de emprender el viaje, fui a verla a su palacio y nos quedamos solas, bueno, con nuestras esclavas, en sus aposentos. Estuvimos hablando de cosas de mujeres, como casi siempre que las mujeres se reunían. La conversación nos llevó al sexo, al deseo sexual, a la excitación. Mi prima me contó que cuando estaba encelada hacía que una de sus esclavas le lamiera entre las piernas. A mí se me abrió el mundo. Hasta ese momento no había sentido ninguna necesidad sexual, pero al hablarlo con mi prima sentí un cosquilleo en mi entrepierna.

En el aspecto sexual yo era una ignorante. Era la más pequeña de las cinco hermanas y si bien sabía que entre ellas hablaban de sus necesidades sexuales, cuando yo aparecía cambiaban de tema. A mí no me importaba porque el sexo tampoco me importaba. Lo que yo conocía del sexo se basaba en conversaciones que había sorprendido a mis hermanas cuando no sabían que las escuchaba. Casi siempre hablaban de los hombres, de esa cosa que les cuelga entre las piernas y que al parecer a ellas les fascinaba. Como a mí los hombres no me producían ninguna excitación, cuando veía que hablaban de eso yo me iba, así que con catorce años era una auténtica ignorante. En el momento en que Fátima me dijo que cuando sentía ardor sexual entre las piernas se hacía lamer por una esclava mi interés por los temas sexuales despertó de repente.

Fátima me hizo allí mismo una demostración. Mandó a su esclava que se arrodillara entre sus piernas y le lamiera en la rajita. Yo me ruboricé hasta la raíz del cabello pero me excité brutalmente. Ahora estaba segura, o eso pensé yo, de que a Fátima le gustaban las mujeres. Mientras mi prima, medio recostada en un diván jadeaba por el placer que le arrancaba la esclava me acerqué a su rostro y coloqué mis labios en los suyos que estaban entreabiertos. Me llevé un gran susto cuando Fátima se levantó de golpe, golpeando con la rodilla en la boca de la esclava que la lamía, y gritándome que si me había vuelto loca.

―¡Pero qué haces, Mónica! ― me dijo mirándome como a un bicho raro ― ¡Me has besado!

Yo me la quedé mirando. ¿Porqué se sorprendía?

―¿Estás loca, te piensas que soy una maldita lesbiana?

―¡Pero si te estás haciendo lamer por una esclava! ― repuse extrañada.

―¡Y qué coño tendrá esto que ver! ¡Es una esclava, no es una mujer! ¡Que te lama una esclava es como si te lamiera un perro, es una lengua y nada más! Tú no haces que tu esclava te lo haga? ― me preguntó.

―Perdona Fátima, no sé que me ha pasado... ― me disculpé.

La cosa quedó en nada, pero yo estaba destrozada. Salí del palacio de mi prima temblando. Me había puesto en ridículo. Había pensado que ella era lesbiana y no lo era. Qué rabia me dio no haber sabido ver que el hecho de que utilizara una esclava para aliviar su ardor sexual no significaba que fuese lesbiana. Su esclava le lamía la rajita de la misma manera que le lamía los pies. La esclava no era más que una lengua. No era una mujer, era un instrumento de placer. Me marché enfadada conmigo misma pero con una idea en mi mente. Yo también tenía esclavas a las que ordenar que me dieran placer con la lengua. No lo había hecho nunca pero ahora no pensaba en otra cosa. Pensé en Maddy pero sin saber porqué me ruboricé al imaginármela lamiéndome entre las piernas.

La noche antes de iniciar el viaje estaba en mis aposentos mientras Maddy preparaba mi equipaje. Ella ponía en los baúles mis vestidos, mis pañuelos, mi ropita interior sexy, mis cinturones, mis blusas, mis faldas, mis bolsos, mis zapatos, mis joyas... todo lo guardaba con gran cuidado. Maddy aún no sabía si me la iba a llevar. Aún no le había dicho nada. Mamá había organizado ya nuestro séquito, compuesto por cuatro fornidos guardaespaldas y una pequeña legión de domésticas. Mamá había estimado que al menos necesitaríamos ocho.

Me encontraba sentada en mi cama siguiendo con la mirada los movimientos armoniosos de Maddy. Me sorprendí de nuevo pensando en mi esclava. Desde que hacía cosa de dos meses me había interesado por su existencia que la miraba de otra manera. Ahora veía en ella a una muchacha más que a un esclava, aunque no le había vuelto a dar confianza desde aquella tarde en que le pregunté su nombre.

Maddy lógicamente me seguía a todas partes y por tanto había asistido en silencio a los preparativos que mamá y yo habíamos hecho del viaje. En ningún momento la incluí a ella en el séquito, al menos formalmente. Hablábamos siempre de que mamá se encargaría de seleccionar a las ocho esclavas que nos acompañarían. Yo estaba segura de que Maddy estaba convencida de que se quedaría en el palacio. Yo tenía muy claro que me iba a llevar a mi esclava pero me hizo gracia ocultárselo, quería ver su reacción. No había ningún problema para que sacáramos a nuestras esclavas del país puesto que nosotras, al pertenecer a la familia real, teníamos privilegios que nos evitaban pasar por las aduanas y nuestro séquito tampoco debía hacer ningún trámite fronterizo o aduanero. Formaban parte de la expedición. De esta manera en los países que visitaríamos en los que la esclavitud era ilegal no teníamos problemas con sus documentos ya que la secretaria de mamá, que también formaba parte del séquito llevaba todas las documentaciones por si acaso, documentaciones de las esclavas que desde luego eran falsas. El único peligro que corríamos era que aprovechando un descuido nuestro o de nuestros guardaespaldas, alguna esclava se fugara. Lo máximo que podía pasar en este improbable caso era que perdiésemos una esclava.

A medida que se acercaba la fecha del viaje notaba que Maddy estaba más triste, más taciturna. Mis órdenes las obedecía con la misma entrega y rapidez de siempre pero veía en su rostro el abatimiento. Estaba segura de que quería venir conmigo y hasta la fecha mi actitud le hacía suponer que no iba a ser así.

Maddy estaba guardando mis zapatos. Un enorme baúl estaba esperando a ser llenado con docenas de pares, zapatos de salón, sandalias, zapatillas, botas de vestir, botas de montar, zapatos de diferentes medidas de tacón, de diferentes colores. Cada vez que cogía un par del inmenso armario zapatero me lo mostraba y yo le hacía una seña afirmativa con la cabeza si quería que los pusiera en el baúl o negativa si no me los quería llevar. Maddy terminó de guardar todo mi equipaje y se acercó a donde yo estaba sentada.

―Prepara ahora una maletita para ti. Tendrás que llevar un par de trajes de doncella de repuesto y unos zapatos, así como cofias y delantales... - le dije.

Los ojos de Maddy se abrieron con desmesura. Le sonreí. Estaba claro que acababa de sorprenderla.

―Para mí, ama? Una maleta para mí? Quiere decir que yo voy a venir con usted?

―Pues claro... qué pensabas? Que me iba a ir de viaje sin mi esclava personal?

―¡Oh ama, gracias, gracias...! ― me dijo cayendo de rodillas a mis pies.

Maddy estaba emocionada. Le había escondido con habilidad que vendría conmigo y le había hecho pensar que la dejaría en palacio. Al ver que iba a viajar se había emocionado. Tenía los ojos brillantes por culpa de unas lágrimas de emoción que bailaban en sus bonitos ojos.

―¡Venga, venga... prepárate tu maleta que aún me tienes que bañar, peinar, darme masaje... espabila! – le dije.

Maddy se levantó del suelo y empezó a preparar sus cosas. Mientras lo hizo no dejó de llorar de alegría. Me sentí contenta de verla tan emocionada y complacida.

Creo que fue al quedarme sola en palacio, cuando mi hermana Sara se casó y se fue de mi lado, no lo sé seguro, pero de lo que sí me daba cuenta es de que yo había cambiado. Llevarme conmigo a Maddy había supuesto un regalo para mi esclava y me sentía feliz por haberla hecho feliz a ella. Las mujeres árabes nos sentimos muy dichosas cuando podemos hacer un regalo a alguna amiga. Para nosotras suponía tanto placer recibir un regalo como hacerlo y en esos momentos sentía una enorme dicha por haber hecho aquel regalo a Maddy.

Seguí con la mirada devorando el cuerpo de Maddy mientras hacía su pequeña maleta. Cuando terminó me la enseñó para que diera yo mi visto bueno. Se arrodilló a mis pies mostrándome la pequeña maleta y mirándome con la emoción en los ojos esperando que yo asintiera. Removí con la mano las cosas que había puesto que no eran otras que las que yo le había dicho antes y dí mi conformidad. Su rostro se llenó con una sonrisa increíble y cuando la miré me aguantó por segundos la mirada llena de felicidad antes de humillarla al suelo como era preceptivo.

Luego fue a prepararme la bañera. Me avisó cuando estuvo preparada y fui hacia el enorme aseo. Me bañó. Me estuvo frotando todo el cuerpo con una suavidad y una ternura increíbles. Me puso a mil por hora. Encendió todas las terminales nerviosas de mi cuerpo. Cuando me frotó la espalda, cosa que había hecho anteriormente cientos de veces y no le había prestado atención, sentí deseos de seguir siendo acariciada por ella. Me puse muy nerviosa. Estaba excitada. Tenía los ojos cerrados y me dejaba hacer. Yo gemía sensualmente. Sentía sus manos frotarme con suavidad, más que eso, con ternura y gemía de placer. Recordé las veces que antes la había insultado por ser lenta en bañarme y ahora deseaba que no acabara nunca de frotarme. Seguía gimiendo y gimiendo.

Me encontraba yo fabricando deseo dentro de la bañera, soñando que me hacía lo mismo que había visto hacer a la esclava de Fátima y pensando que sólo tenía que ordenarle que me lamiera entre las piernas, que era su ama y podía ordenárselo pero había algo que en esos momentos me impedía mostrarme autoritaria, cuando de repente hizo algo que nunca antes había hecho: sin que yo le hubiera dirigido la palabra u ordenado cualquier cosa se atrevió a hablarme.

―Estás tensa, mi ama, me parece que tendrías que dejar que te relajara.

Abrí los ojos de golpe. ¡Cómo había osado hablarme y más aún con aquella familiaridad! Saqué el brazo de dentro del agua y le solté un bofetón.

―¡Cómo te atreves a hablarme, yebit! – le dije con aspereza.

Sus ojos, hasta aquel momento alegres e ilusionados se llenaron de lágrimas y humilló la cabeza. Me levanté y salí de la bañera. Estaba toda mojada.

―¡Sécame! – le ordené.

Al instante me arrepentí de haberla pegado y de haberla hablado en aquel tono. Maddy me puso el albornoz y se arrodilló a mis pies. Me senté en el taburete y le puse un pie sobre uno de sus muslos para que me lo secara. Cuando me hubo secado los pies y las piernas se levantó. Estaba silenciosa. Yo también. Me secó el cabello con suavidad. ¿Porqué la había pegado?, me pregunté. ¡Cómo no iba a pegarle si me había faltado al respeto! Si esto mismo me lo hubiera hecho hace dos meses la hubiera azotado yo misma, sin embargo ahora me había limitado a castigar con una bofetada un falta que consideraba grave.

Me levanté del taburete y me dirigí a mi dormitorio. Maddy se quedó a recoger el baño y a secar el suelo de las pisadas que yo había dejado. Me senté en la cama. Por la puerta abierta del aseo podía verla, de rodillas secando el suelo que yo había mojado con una toalla.

¿Qué me estaba pasando? ¿Qué debía hacer? ¿Necesitaba el contacto de mi esclava, sus caricias? ¿Cómo podía ser? Hacía dos meses ni siquiera sabía cómo se llamaba. Para mí no era más que la esclava que obedecía mis escuetas órdenes y si no lo hacía a mi gusto o estaba de malhumor la insultaba o la pegaba. ¡Cuantas veces la había dejado sin comer por tonterías! Y ahora había cometido una falta considerada muy grave por nosotras y sólo le pegaba una bofetada y encima me sentía culpable.

Salió Maddy del cuarto de baño. Tenía la cabeza humillada. Se quedó en un rincón, al lado de la puerta del baño. La miré y la llamé, esta vez mi voz no sonó áspera.

―Acércate Maddy.

La grácil figura de Maddy se movió sigilosa, ingrávida, parecía que flotase sobre el suelo y se arrodilló a mis pies. Le acaricié el pelo que llevaba corto porque no permitíamos que las esclavas lucieran el cabello largo, era impropio de una esclava. Maddy permaneció quieta mientras la acaricié, con la cabeza inclinada. Noté una breve sacudida de sus hombros. Estaba llorando en silencio, para no molestarme. Pobrecilla, pensé, ella también debe estar desconcertada. Me paso cuatro años ignorándola, sólo dirigiéndome a ella para darle órdenes humillantes y de repente en los dos últimos meses cambio mi actitud, me intereso por ella, por su familia, por sus sentimientos. Seguro que ha pensado que no me molestaría que me hablara aunque yo no le hubiera hecho ninguna pregunta.

―Levanta la cara, Maddy – le dije con delicadeza.

La esclava levantó su bonito rostro. Tenía los ojos llenos de lágrimas. La miré y la vi bonita. Tenía unos ojos preciosos y el rostro aniñado, inocente. Un torbellino de sensaciones me invadió. De repente me encontré deseando besarla. ¿Me había vuelto loca? ¿Estaba pensando en besar a una esclava? Aparté esos pensamientos de mi cabecita agitándola a un lado y otro. Mi larga melena plagada de rizos húmedos se balanceó hacia ambos lados.

―Cómo tenías pensado relajarme, Maddy? – le pregunté cogiéndole el rostro entre las palmas de mis manos y sonriéndole tímidamente.

―Perdóneme ama, he sido una estúpida y una insolente y merezco que me castigue. No debía haberme dirigido a usted sin su permiso – me dijo dejando escapar de nuevo una lagrimita que se deslizó por su mejilla y acabó mojando el dedo pulgar de mi mano.

Entonces creo que me dejé llevar por mis emociones. Incliné mi cabeza y acerqué mi rostro al suyo que seguía atrapado entre mis manos y la besé en los labios. Dulcemente. Un beso largo pero nada agresivo. Noté el sabor de su frescura en mi boca y creo que enloquecí. Cuando aparté la cara de la suya ella me miraba incrédula. Entonces entendí qué me pasaba. ¡Me había enamorado de Maddy!

―¡Bueno, me vas a decir cómo tenías pensado relajarme o tendré que castigarte sin comer un par de días! – le dije en un tono distendido que no se correspondía con la amenaza que encerraban mis palabras.

Maddy aún no se había recuperado de la impresión que le había causado que la besara de la manera que acababa de hacerlo. Seguía con los labios entreabiertos y la mirada extraviada.

―Había pensado que a lo mejor le gustaría que la lamiera en su «cosita», tal y como le enseñó el ama Fátima que le hacía su esclava – consiguió decir cuando se le pasó la conmoción que le había causado mi beso.

Era increíble. Mi esclava se me ofrecía para calmar mi apetito sexual. Ninguna esclava haría a su ama un ofrecimiento como aquél. Me satisfizo muchísimo su ofrecimiento. Yo no se lo había ordenado. De hecho nunca la había obligado a satisfacerme sexualmente, aunque la verdad es que nunca antes había tenido yo esa necesidad. Pero ahora sí la tenía. Con catorce años había dejado ya de ser una niña y ahora mis necesidades contemplaban también el aspecto sexual.

Miré a Maddy y ella me mantuvo la mirada unos segundos. Me pareció que abría los labios para decirme algo pero los cerró.

―Quieres decirme algo, Maddy? – le pregunté.

Sabía que después de haberla pegado en el baño por hablarme sin permiso no volvería a hacerlo y tenía la impresión de que quería decirme algo. Asintió con la cabecita, mirándome, suplicándome con los ojos mi permiso para hablar.

―Habla – concedí.

―Bueno, verá señorita Mónica... quería decirle que hace ya tiempo que esperaba que me ordenara hacerle cositas con la lengua entre sus piernas... pero nunca me lo ha ordenado y me extrañaba. Había llegado a pensar que quizás yo no era demasiado bonita para poder darle placer – me contó ruborizándose.

―Y puede saberse porqué esperabas que yo te ordenara que me lamieras?

―Porque lo hacen todas las amas...

―Y cómo sabes tú esas cosas...?

―Bueno... sus hermanas, a partir de los doce años más o menos empezaron a ordenarles a sus esclavas que las aliviaran con la lengua. Lo sé por sus esclavas. Sé que no está bien, señorita, y le ruego que no me castigue, pero es normal entre las esclavas que nos contemos lo que nos hacen hacer nuestras amas – me dijo bajando cada vez más el tono de voz, avergonzada por hacerme aquella confesión.

―Y porqué me has propuesto aliviarme?

―Verá señorita... porque pienso que usted es muy buena y que a lo mejor le daba apuro ordenarme una cosa así.

―Y a ti no te dará apuro hacerlo? Es una zona que no huele demasiado bien – le dije.

Maddy me miró asombrada. No me lo dijo pero enseguida me di cuenta de la tontería que acababa de decir. Mal olían también mis heces cuando cagaba y no por ello la eximía de que me limpiara el culo. Mal debían oler mis pies sudados y no por ello la eximía de que me los besara para relajarme. Menuda tontería acababa de decirle. ¿Qué coño me estaba pasando? Maddy era mi esclava y ella haría lo que yo le ordenara. Si le daba asco tendría que aguantarse y punto, pensé pero al instante volví a sentir esa extraña sensación contradictoria respecto de mi esclava. Me daba cuenta de que estaba enamorada de ella y me parecía que no debía humillarla, pero por otro lado también tenía claro que seguía siendo mi esclava y con una esclava no tiene una porqué tener consideraciones de ningún tipo. Ella misma me confirmó con su respuesta que era más sensata que yo.

―El que a mí me dé apuro o no es una cosa que no importa, ama. Yo soy su esclava y sólo tengo que obedecer. Mis sentimientos o sufrimientos no importan. Sólo importa su felicidad y confort, mi ama.

Me agradó su respuesta. Estaba segura de que no era sincera pero era la respuesta que debía dar a su ama una esclava bien enseñada.

Me despojé del albornoz y me dejé caer de espaldas sobre la cama. Separé las piernas y no le dije nada. Me limité a esperar. No tuve que esperar mucho. En seguida noté sus deditos acariciarme los labios externos, separarlos con suavidad y después sentí la humedad calidez de su lengua recorrer lentamente cada una de las sonrosadas y húmedas estrías que surcaban de arriba abajo mi inexperta vulva.

Grité como una loca. Terminé abrazando con las piernas desnudas la espalda de Maddy, atrayéndola hacia mi virginal pubis y ahogándola con fuerza. Llegué a sentir como su rostro me penetraba. Tenía la impresión de que mi encharcado agujero la succionaría y se la comería. Al final creo que le hice daño porque sin poderme controlar por el inmenso placer que me proporcionó comencé a pegarle talonazos en la espalda. No podía evitarlo. La golpeé con fuerza pero sin ánimo de hacerle daño, sencillamente no podía controlarme. Cuando derrotada, la aparté porque de mí porque ya no podía aguantar más el placer que me procuraba, pensé en la suerte que había tenido Maddy de que no me encontrara calzando mis zapatos o mis botas porque de lo contrario le habría clavado, a buen seguro, los tacones en su espalda.

No recuerdo nada más. Creo que me quedé dormida. A la mañana siguiente desperté dentro de la cama por lo que supuse que Maddy se había ocupado de acunarme una vez me quedé dormida.

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A primera hora uno de los Rolls Royce nos llevaba a mamá, a mí, a Huda y a Maddy. Otro coche, un mercedes, transportaba a los cuatro guardaespaldas, un microbús llevaba a las ocho esclavas del servicio seleccionadas por mamá y un último microbús llevaba nuestro numeroso equipaje.

Embarcamos en el jet privado de mi familia. Mamá, yo, Huda, Maddy, los cuatro gorilas o guardaespaldas y el séquito de ocho sirvientas más, llenamos el avión familiar. Las criadas habían cargado con nuestros baúles mientras mamá y yo, seguidas de Huda y Maddy y de los cuatro guardaespaldas éramos llevados al jet de la familia.

El avión era casi tan grande como uno de linea regular, sólo que en lugar de estar ocupado por cientos de pequeños y apretados asientos, había una docena de cómodos sillones en los que íbamos plácidamente instalados los miembros de mi familia más otros cinco por si llevábamos invitados. En esta ocasión sólo ocupábamos dos de esos enormes sillones, uno mamá y el otro yo. Los guardaespaldas viajaban en una cabina aparte, junto a la del piloto. Las ocho criadas de servicio se encontraban encerradas en otra cabina, sentadas en el suelo y Huda y Maddy permanecían de pie detrás de nuestros cómodos asientos.

Nada más despegar el avión mamá chasqueó sus dedos y Huda, su esclava negra se arrodilló a sus pies. Mamá se giró hacia mí y me sonrió. Yo me abracé a ella, a su brazo. Estaba tan confundida, me sentía tan culpable por haber fallado a las tradiciones con mi negativa a casarme, tenía tanta necesidad de sentir afecto y apoyo que la sonrisa comprensiva de mi madre me produjo un descanso y una paz interior que me relajaron. Apoyé la cara en el brazo de mamá y ella, sin decirme nada me acarició el cabello. Desde mi posición veía a Huda. Mamá no le había ordenado nada, sencillamente había hecho chasquear sus dedos y la negra había descalzado los carísimos zapatos de salón de mi madre y le estaba haciendo un masaje en sus pies.

Aún me sentía en la gloria por la cadena de orgasmos que me había provocado Maddy. Era la primera vez en mi vida que tenía un orgasmo y había sido bestial. En mi fuero interno, debido a mi ignorancia, había pensado siempre que el sexo era una cuestión que sólo podía hacerse con los hombres y evidentemente lo rechaba. Jamás me había hecho lamer. Ni siquiera había optado por tocarme, por jugar con mis dedos entre mis piernas. Admito que era una completa ignorante. Me llamaba a mí misma lesbiana, pero nunca había habido connotación sexual alguna en esta forma de definirme porque no concebía que hubiera sexo fuera de los hombres. Aquella visita a Fátima, a pesar de que hice el ridículo cuando me rechazó porque la besaba, me había abierto las puertas del cielo y Maddy me había llevado directa a la gloria.

―Mami... tú te haces lamer por Huda?

―A veces, cuando siento comezón entre los dedos de los pies, pero normalmente prefiero que me haga masajes... me gusta que se frote la cara contra las plantas de mis pies, y que me las bese... sí, sólo me los hago lamer cuando me pica entre los dedos... por el sudor... ya sabes...

―No me refiero a los pies, mamá...

―A no? A qué?

―A si te haces lamer ahí... ya sabes... entre las piernas... en la cosita – logré explicarme aunque me ruboricé muchísimo.

―¡Pero qué estás diciendo, niña...! – exclamó mi madre escandalizada por mi osada pregunta.

En ese momento llegó la azafata que teníamos contratada y nos deseó un feliz vuelo mientras nos ofrecía un refresco de leche fría con mantequilla y canela, un labán, una de nuestras bebidas favoritas.

Mamá estaba roja de vergüenza. Pensaba que Míriam, la azafata me podía haber oído. Pero la azafata, aunque era libre, era un poco como las esclavas. Ella podía ver y oír lo que fuese dentro del avión pero su rostro mostraba siempre la misma sonrisa estúpida.

Míriam, la azafata esperó un momento a que probáramos nuestros refrescos y diésemos nuestra aprobación.

―Míriam – dijo mamá – creo que se te ha olvidado algo en el mío – le dijo tendiéndole el vaso tras dar un primer sorbo.

―¡Oh, señora Randa... le he puesto un chorrito... no sé... quizás...! – Míriam estaba totalmente aturdida por la queja de mamá.

―Pues ponle otro chorrito... – le contestó mamá sin mirarla.

―Sí señora Randa, discúlpeme señora Randa, no volverá a suceder señora Randa.

Me sonreí. Me hacía gracia ver el terror de la azafata ante mamá. Sabía que aquella muchacha quería conservar su bien pagado empleo a toda costa. En ningún sitio le pagarían lo que le pagaba nuestra familia, aunque eso significaba no hacer enfadar a ninguno de sus miembros. Recuerdo la primera vez que fui en el avión, debe hacer de eso unos cuatro años, al poco de que me regalaran a Maddy, aunque en aquella ocasión no la llevé conmigo. Nura, mi hermana mayor, chasqueó los dedos para llamar a la azafata. Míriam se acercó a ella. Nura le ordenó lo que quería, no recuerdo qué era, probablemente algún refresco. En el momento en que la azafata se lo trajo mi hermana dio una fortísima patada en la cara de su esclava que estaba arrodillada ante su cómodo sillón. Míriam se quedó mirando con expresión de horror a la esclava de Nura, la cual comenzó a sangrar por la boca ya que el tacón de su sandalia le había reventado el labio superior. Nura se enfadó al ver que la azafata se había quedado de pie, parada, horrorizada, como intentando balbucear alguna palabra.

«―¡Qué coño estás mirando, estúpida – le ladró mi hermana que tenía y tiene un carácter terrible – que no ves que esta idiota me ha manchado la sandalia? ¡No te quedes ahí parada como un pasmarote y ve a buscar un paño húmedo para que mi esclava pueda limpiarme los zapatos! ¡Muévete!»

Míriam salió de su estupor. «Sí señorita, perdone señorita, ahora mismo señorita...» se fue la pobre y aturdida azafata mientras mis hermanas y yo nos partíamos el pecho de reírnos por la escena. Desde ese día cualquiera de nosotras podía cagarse en la boca de su esclava durante los trayectos en avión que Míriam nos atendía con la misma sonrisa de boba que ponía cuando nos daba la bienvenida.

Míriam regresó con el labán de mi mamá al que al parecer le había puesto otro «chorrito». Eso no era más que alcohol. Vodka. A mamá le encantaba «alegrar» el labán con vodka. Ya sé que eso no era de buen musulmán, pero ¿quién podía decir que era un buen musulmán?

La azafata marchó aliviada cuando mamá dio otro trago y pareció satisfecha con el «toque» de vodka. Mamá y yo nos reímos por la cara de susto de la azafata. Cuando Míriam se quedó en el cuartito que tenía a la espera de que la llamáramos, volví con el tema sobre el que le había preguntado.

―Bueno, te haces lamer o no te haces lamer ahí abajo por Huda?

Mamá me miró de nuevo escandalizada.

―Venga mami, si estamos solas... no puedes confiarle a tu hijita tus secretitos de mujer a mujer?

En verdad estábamos solas porque Huda y Maddy no eran consideradas personas, sólo esclavas. Mamá finalmente lanzó una carcajada. Creo que el vodka que le había puesto Míriam en su labán iba a ayudarnos a sincerarnos.

―Bueno, te lo contaré... pero no se lo digas a nadie... vale?

―Palabra de honor...

Mamá se revolvió en su asiento y se giró un poco hacia mí. Con ese movimiento retiró los pies de las manos de Huda y los colocó de lado sobre el espacioso sillón. Huda sabía lo que tenía que hacer. Mamá no le dijo nada, nada en absoluto pero Huda sabía lo que tenía que hacer. Se desplazó de rodillas acercándose al sillón. Apoyó su rostro en las plantas de los pies de mamá y se puso a besárselas.

Yo me quedé un momento mirando a Huda. Desde que yo recuerdo siempre la he visto sin el ojo que mamá le sacó y cuando Huda se friega la cara contra los pies de mamá he visto muchas veces cómo a veces le hurga con el dedo gordo en la cuenca vacía. De pequeña me daba mucha impresión ver cómo el dedo gordo de mamá desaparecía dentro del ojo vacío de Huda pero me quedaba extasiada contemplando la indolencia con que mamá jugueteaba. Huda se hallaba con la cara en el suelo mientras mamá leía y distraídamente le metía el dedo gordo del pie en el ojo. A mí siempre me había impresionado la fidelidad de Huda.

Huda, a pesar de no tener más de quince años, hacía diez que era esclava de mamá. Mi padre se la regaló cuando hicieron un viaje a Etiopía. Según me había explicado mamá más de una vez, estaban en la lujosa villa que un poderoso jeque árabe, deseoso de obtener favores de la familia real, les había prestado para pasar unas deliciosas vacaciones. Mamá había viajado con su séquito de esclavas pero el jeque había puesto a su disposición sus propias esclavas. Mamá se encaprichó con una monísima niña negra de cinco añitos que rápidamente tomó como doncellita. Mamá pasaba horas tendida en una confortable tumbona junto al lago, rodeada de esclavas que la protegían del sol con sombrillas y aventadores y que atendían sus menores caprichos al instante. La pequeña negrita se pasó las tres semanas de la estancia de mis padres en la lujosa villa a los pies de mamá. Su única misión era acariciarle los pies, frotárselos con su carita y besárselos. Una de las veces mamá se levantó de la tumbona. Una esclava acababa de calzarle sus sandalias de tacón alto y sin darse cuenta pisó la carita de la niña, con tan mala fortuna que el tacón le perforó y atravesó un ojo. La niña se puso a bramar. Mamá se dio cuenta y retiró el pie pero ya le había vaciado el ojo. Mamá hizo venir a un médico que atendió a la pequeña Huda. Después de eso la negrita tuvo que volver a su trabajo a los pies de mamá. Cada vez que veía sus sandalias se ponía a llorar. A mamá le hizo gracia porque la pequeña lloraba convulsivamente, sentía terror pero cuando mamá le ponía los pies en la carita la pequeña se calmaba al instante y se ponía a besárselos y acariciárselos con fervor. Mamá decidió que quería llevarse a aquella pequeña esclava. Papá llamó al jeque y le propuso comprárle a la pequeña Huda. Evidentemente el jeque obsequió a mamá con la propiedad de Huda. Se la regaló.

―Bueno, qué..., estás por mí o te vas a pasar el rato mirando a Huda? – me dijo mamá cuando me vio que no dejaba de mirar cómo su esclava se fregaba su cara contra los pies de mamá esperando que le metiera el dedo en el ojo.

―Es que siempre me ha impresionado ver cómo le metes el dedo gordo en el ojo cuando se frota la cara contra tus pies. Dime una cosa mami... le haces daño cuando le metes el dedo en el ojo?

―No lo sé... la verdad, no se lo he preguntado nunca.

Las dos volvimos a reírnos con ganas.

Cuando nos calmamos mamá se sonrió y decidió explicarme sus secretos de alcoba. Las cosas que yo imaginaba que hacía con Huda pero que evidentemente ella guardaba como un gran secreto íntimo. Me sentí feliz de que quisiera compartir conmigo la complicidad de sus secretas confidencias de alcoba.

―Bueno, después de hablar le meteré el dedo en el ojo... y si quieres tú también puedes hacerlo. Pero ahora deja que te cuente... aprovecha que mi labán está bien cargado de vodka, si estuviera serena no te contaría nada, puedes estar segura.

Me reí y la abracé y la besé con amor y ternura, en las mejillas y hasta en los labios. Mamá no apartó sus labios al notar los míos. Me ruboricé y me coloqué en disposición de escuchar sus secretos. Me sentía emocionadísima. Huda seguía devotamente besando las plantas de los pies de mamá y de vez en cuando restregaba su rostro buscando sus dedos.

Mamá estuvo muy habladora. Me contó cosas que jamás hubiera pensado que mi madre fuese capaz de hacer. Resultó que desde hacía años que se hacía lamer cada noche por Huda. Me contó que a veces se hacía traer otra esclava para que Huda le lamiera el coñito y la otra esclava le lamiera el ano. También me confesó que en más de una ocasión se había orinado en la boca de Huda después de que ésta le diera placer con la lengua. Yo no me podía creer lo que mamá me contaba. Siempre me la había imaginado una mujer tradicional y resultó que era lasciva como la más puta de las mujeres occidentales. Me gustó conocer aquella faceta canallesca de mi mamá.

―Bueno... crees que vas a poder volver a mirarme a la cara? – me preguntó mamá cuando terminó su picante relato que había aderezado con expresiones soeces y comentarios de lo más chabacano. Si bien al principio me escandalicé terminé riendo con mamá de su ordinariez.

―¡Joder mami, jamás me hubiera imaginado que fueras una guarra! – le comenté.

―¡Niña... un respeto, que soy tu madre y puedo mandar que te azoten!

―Oh, mami... tú harías azotar a tu nenita querida como si fuera una vulgar esclava? – le pregunté poniéndome melosa.

―Quizás... seguro que chillarías mucho y eso es una cosa que me excita, así que no me provoques porque te mando azotar mientras hago que Huda me lama – se rió mamá de su perversa insinuación.

―Lo dices en serio?

―El qué... que te haré azotar?

―No... que te excitas haciendo sufrir a alguien... que te excitas si haces chillar a alguien... – le pregunté intrigada.

Mamá enrojeció. Creo que el vodka le había desatado la lengua mucho más de lo que ella hubiese querido. Carraspeó un poco y chasqueó los dedos. Míriam, nuestra azafata, que había permanecido todo el rato en su cabina y que seguro que había estado escuchando todas las inconfesables declaraciones de mi madre apareció veloz, servil como siempre.

―Más labán... y ponle otro de los míos a la señorita Mónica – dijo mamá que sacó de nuevo las piernas del sillón.

La cabecita de Huda se interpuso entre el suelo y los pies de mamá antes de que estos tocasen el suelo. Míriam regresó con una bandeja llevando los refrescos «bautizados» con vodka.

Miré a mami con cierta suspicacia. No había bebido nunca nada que llevara alcohol. Lo probé. Me mojé sólo los labios mientras miraba a mamá por encima del cristal del vaso. Mami me observaba. Hice una mueca pero al instante me relamí.

―¡Ummm... está fuerte... pero está bueno! – comenté mientras daba, ahora sí, un trago más largo.

El vodka me hizo sentir un calor agradable en el estómago. Me puse roja y mamá se rió antes de dar un buen trago a su labán.

―Bueno, mi pequeña princesa... ya que no vas a casarte nunca y te vas a quedar para cuidarme cuando yo sea una vieja insoportable creo que te mereces que sea sincera contigo. Yo no soy una madre musulmana perfecta... ni mucho menos. Es más, creo que si tu padre supiera cómo soy pediría el divorcio. Las mujeres musulmanas tenemos que llevar una doble vida. Una de cara a la familia y la verdadera vida privada que se desarrolla en el interior de nuestros aposentos, lejos de los ojos curiosos de maridos e hijas.

»Nuesta gran ventaja, princesita mía, es que somos ricas... y de sangre real. Podemos hacer lo que nos dé la gana y una de las cosas que más me satisfacen y que puedo permitirme tanto por mi riqueza como por mi posición social es sentirme poderosa. El poder hija mía, ese es el gran vicio. Muchas mujeres árabes ricas humillan y castigan a sus criadas ¿Por qué? Muy sencillo, se sienten poderosas. A mí me viene ya de pequeñita. Mi madre, tu abuela, cuando cumplí los diez años me regaló una esclava. Era una esclava exótica pues era china, una de esas niñas que venden los chinos pobres porque tener hijas es para ellos una maldición. Recuerdo como si fuera hoy mismo el día que mamá me entregó a Lintán. Tenía mi misma edad, quizás era más pequeña que yo. Me la llevé a mis habitaciones y la mandé que se arrodillara. Me senté en el borde de la cama y le ordené que me besara los pies. La niña no entendía nada el árabe, así que se quedó de pie, mirándome con expresión de miedo. Me saqué mi sandalia, me levanté y comencé a pegarle en la cabeza hasta que se arrodilló... más que eso, acabó tendida en el suelo. Le ordené que me besara los pies. Seguía sin entenderme. Entonces saqué los pies de mis sandalias y se los puse en la cara. Me besó las plantas de los pies. Lintán lloraba porque tenía miedo y porque le había pegado muy fuerte en la cabeza. Verla en el suelo, llorando y besándome los pies me produjo un placer indescriptible.

Yo escuchaba a mamá absorta. Yo siempre había despreciado a las esclavas por mi educación, porque las veía como seres inferiores. Nunca me había apenado por su situación, por su miserable vida. Ordenaba y me obedecían y si no lo hacían a mi gusto podía castigarlas, pero nunca había sentido el placer que según mamá sentía ella. Entonces me acordé de mi Maddy que seguía detrás de mi asiento, de pie, sin decir nada, sin moverse. Chasqueé los dedos y la vi aparecer ante mí. Se arrodilló.

―¡Frótame los pies, yebit! – le ordené.

A pesar de que la noche anterior me había hecho muy feliz con la lengua, a pesar de que la había besado con amor, a pesar de que me sentía atraída por ella, por su callada y sumisa belleza, incluso enamorada podría decir, ahora, delante de mamá la volví a llamar yebit. Maddy me dirigió una furtiva mirada cargada de ternura y yo fingí ignorarla. No la ignoraba. Sentía que la amaba pero era mi esclava y delante de mamá no podía mostrarme tierna y cariñosa con mi esclava. Pensé que aquel viaje me serviría para conocer realmente a mi madre y si se terciaba a lo mejor le contaría mis contradicciones. Mamá prosiguió su relato, cada vez más deshinibida por el cargado labán.

―No puedes imaginarte, princesita mía, el placer que me causó, con solo diez años, aquel primer contacto con el poder absoluto. Lintán resultó ser extremadamente servil y sumisa. Por mucho que la mortificara siempre se mostraba humilde y callada. Cuanto más la hacía sufrir más ganas tenía de seguir mortificándola y más placer obtenía. Mi madre me regaló una fusta hecha de caña de bambú.

«―¡Toma – me dijo – para que te hagas obedecer por tu esclava. Me han dicho que esta vara de bambú produce un dolor insoportable si se sabe pegar con ella.»

»Al poco tiempo aquella vara conocía cada pulgada de la piel del cuerpo de Lintán. Me gustaba llamarla a mi presencia y decirle que iba a pegarla. Me gustaba ver cómo esperaba de rodillas con el rostro contrito por el miedo y la angustia a la espera de que la pegase. Demoraba los golpes, saboreando su angustia y finalmente le pegaba. Le pegaba allí donde me apetecía pegarle. Un día estuve toda una mañana pegándole en la cara. Se le hincharon tanto las mejillas, los labios, la nariz y los pómulos que estaba irreconocible. A los doce me regalaron un caballo. Desde ese día me paseaba a todas horas con mis altas botas de montar y mi fusta de bambú. Lintán tenía que limpiarme las botas a todas horas y siempre encontraba una mancha en ellas para castigarla. Entonces tomé afición a castigarla pisándole las manos con los tacones de mis botas. Lintán perdió todas sus uñas varias veces. Se las pisaba durante horas y mientras la oía bramar de dolor hacía que me limpiara las botas con la lengua. Se le ponían las uñas negras y poco tiempo después se le caían y no por eso dejaba de pisarle los dedos de las manos. Creo que acabó por enloquecer. Cada vez que la llamaba a mi presencia se ponía a temblar y a llorar porque sabía que iba a pegarle, que iba a hacerle mucho daño. Con sólo doce añitos tuve mi primer orgasmo. Me hice una paja mientras le pisaba los dedos de una mano a los que acababan de caérsele las uñas. Gritó tanto que sus alaridos taparon mis gritos de placer fruto de mi primer gran orgasmo.

»A los trece años se me murió. Bueno, supongo que la maté. Un día, después de tenerla tres días sin comer, la obligué a pasar dos noches seguidas en vela. Hice poner a un esclavo nubio para que vigilara que no se dormía. Si veía que cerraba los ojos tenía que pegarle con un látigo de cuero de esos que pueden partir el cuerpo de un chiquillo en dos de un buen latigazo. Después de tres días sin comer y dos noches sin dormir Lintán estaba ida. Le di una orden, cualquiera, no recuerdo cual, y la esclava no reaccionó. Estaba totalmente enajenada. Me enfurecí. Tomé mi sandalia de tacón afilado y comencé a pegarle en la cabeza. No medí la fuerza ni pensé que ella no estaba en condiciones de recibir una paliza semejante. No sé cuanto tiempo estuve pegándole taconazos en la cabeza. Creo que se me murió en seguida pero yo seguí golpeándola porque estaba enfurecida de que no cumpliera mis órdenes.

―¡Yebit – le dije a Maddy interrumpiendo por un momento el interesante relato que me estaba contando mamá – los dedos... bésamelos!

No podía creer lo que me contaba mi madre. Era una sádica de las peores y eso que sólo era una niña cuando sucedió lo que me estaba contando.

El piloto anunció que nos abrocháramos los cinturones, íbamos a aterrizar. Mamá dejó de explicarme su vida. El despegue y el aterrizaja la ponían de los nervios.

Habíamos llegado a Marbella, donde teníamos una impresionante finca. Las ocho criadas salieron sedientas de donde las habíamos encerrado en el avión para que se ocuparan de cargar nuestro inacabable equipaje. Mamá ni siquiera pensó en ordenar que les dieran un poco de agua. Una flota de lujosos coches con chófer nos esperaban en el aeropuerto de Málaga.

Mamá había avisado que llegaríamos ese día para que una legión de domésticas españolas contratadas para nuestra estancia, dejara la villa en condiciones de ser ocupada por tan excelsas personalidades, pues mamá y yo éramos para aquella gente pobre como la mismísima reina de Saba y su hija.

Aún no habíamos llegado a la villa que mamá propuso que nos fuéramos de compras. Mamá, a través de la radio del coche hizo desviar nuestro Mercedes negro y el de nuestros guardaespaldas y ordenó que las criadas fueran llevadas a la villa para que comenzaran a trabajar. Nos pasamos el resto del día de tiendas, restaurantes, bares de moda, más tiendas, joyerías, las más caras boutiques, las más lujuriantes zapaterías de precios infames e insultantes. Huda y Maddy iban tan cargadas con nuestros paquetes de las compras que mamá tuvo que prescindir de la seguridad de unos de nuestros «gorilas» para que ayudara a nuestras esclavas a llevar paquetes.

Allí donde entrábamos éramos recibidas con honores de estado. Los comerciantes conocían la riqueza y la procedencia de mamá y casi besaban el suelo que pisábamos. Se mostraban asquerosamente aduladores, se rebajaban y se humillaban ante mamá y ante mí con tal de que dejáramos nuestros preciosos dólares en sus comercios. Huda y Maddy, nos seguían en silencio a dos pasos detrás de nosotras. Al final mamá alquiló una furgoneta con chófer para que llevara nuestras compras a la villa porque Huda y Maddy iban tan cargadas que no podían servirnos si las necesitábamos.

Me gustaba ver la cara de la gente que nos miraba con envidia sabiendo de nuestra insultante riqueza. Yo me había comprado unas elegantes botas de montar y me las llevé puestas porque me encantaban. La dependienta me preguntó si quería que me guardara las sandalias en una caja. Me la quedé mirando con desprecio.

―¡No! ¡Mi criada las llevará! ¡Maddy, mis sandalias! – le dije.

La dependienta le dio a Maddy mis sandalias y ella salió tras de mí, trotando como un perrito con mis sandalias en sus manos. Al final de la tarde fuimos a tomarnos una copa en un lujoso salón de té y el camarero se quedó a cuadros cuando al servirnos lo que habíamos pedido vio a Maddy arrodillada a mis pies limpiándome las botas con un cepillo de brillo que nos habían dado en la zapatería.

―¡Apúrate idiota! – le dije a Maddy expresamente cuando vi la cara de horror del camarero – ¡Quiero que brillen como espejos... si no me puedo ver la cara reflejada en mis botas te vas a quedar dos días sin comer!

Creo que Maddy se dio cuenta de que no lo hacía por humillarla sino más bien para divertirme viendo la cara de pasmado que se le iba quedando el camarero que no podía despegar la mirada de mis botas ni de la esforzada Maddy.


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Regresamos a la villa. Todo estaba en perfecto estado de revista. Las ocho esclavas y varias criadas españolas formaron un pasillo a la entrada para recibirnos. Me sentía como una reina.

Las ocho esclavas se pusieron a fregar suelos cuando mamá dijo que los mármoles debían brillar más. Era como estar en palacio, donde siempre había no menos de una docena de esclavas arrodilladas todo el día, frotando y abrillantando los mármoles todo el día, sin descanso.

Teníamos, además de nuestra residencia del palacio de Riad, una mansión en el Mar Rojo, la villa en Marbella, un castillo en las cercanías de París y un palacio en la India y cuando cambiábamos de residencia siempre nos trasladábamos con una gran séquito de esclavas para poder estar como en casa. Mamá era una fanática del brillo en los suelos. En este viaje habíamos empezado por ir a descansar unos días en nuestra villa española pero después iríamos a otros países y nos alojaríamos en los hoteles más caros, por lo que prescindiríamos de la mayoría de esclavas que junto con dos de los guardaespaldas regresarían a palacio en Riad. Sólo nos quedaríamos con Huda, Maddy y con un par o tres de las más jóvenes esclavas.

Las cuatro criadas españolas se encargaron de servirnos la cena y también me divirtió ver la cara de asombro que ponían viendo cómo tratábamos a nuestro servicio. A la criada que nos sirvió el café en la terraza después de la cena por poco no se le caen las tazas y la cafetera cuando vio a mamá descansar sus pies desnudos sobre la cara de Huda.

Finalmente nos retiramos a nuestras respectivas habitaciones. Estaba cansada de las emociones de aquel primer día de viaje. El labán con vodka también me había dejado un poco floja pues no estaba acostumbrada al alcohol y aunque no me había emborrachado sentía una agradable sensación de «laissez faire» que me tenía ligeramente aturdida. Me dejé caer en la cama y noté que Maddy manipulaba mis botas, que no me había sacado desde que las compré al mediodía, e intentaba descalzarme. A la dependienta le había costado un poco ponérmelas y ahora parecía que Maddy tenía problemas para sacármelas. Eran unas botas de vestir pero tenían forma de botas de montar que estaban muy de moda y no tenían cremallera lo que hacía difícil ponerlas y sacarlas, máxime cuando se tienen los pies sudados e hinchados como me sucedía a mí en aquel momento.

Me incorporé en la cama y la miré. La pobrecilla parecía azorada. Me cogía la bota por el talón y por la punta y la movía de arriba abajo para intentar desencajármela y poder sacármela estirando. Yo me sonreí viendo sus denodados esfuerzos. Finalmente la bota cedió y salió, pero era tanta la fuerza que había tenido que hacer Maddy que acabó cayendo de culo al suelo con mi bota en la mano. Me puse a reír.

―Qué pasa Maddy? Tienes problemas con mis botas? – le pregunté sin parar de reír.

―Perdóneme ama, lo siento mucho... aprenderé ama, se lo juro... – me respondió temerosa.

Entonces me di cuenta de que la pobre Maddy estaba desconcertada. Durante todo el día la había tratado como siempre la había tratado, como trataba a cualquier esclava e imagino que se encontraba confusa porque justo la noche anterior la había tratado con extrema dulzura y hasta la había besado como se besa a un amante. Durante el día de hoy la había llamado yebit todo el rato, la había reñido en varias ocasiones en público, apenas le había dedicado una sonrisa: había vuelto a parecer ante sus ojos como su despótica dueña mientras que mi actitud con ella en las últimas semanas en el palacio de Riad había sido otra muy distinta.

Maddy se puso a la labor de sacarme la otra bota. Mientras la miraba afanarse en aquella lucha para descalzarme estuve meditando. Estaba convencida de que me había enamorado de Maddy pero no por ello dejaba de ser mi esclava. No debía olvidar que yo era un princesa, por mis venas corría sangre real, y ella no era más que una esclava. Si seguía adelante con mis sentimientos de amor por Maddy, nuestra relación no podría ser como la que podrían tener dos mujeres occidentales, dos mujeres libres que decidiesen amarse y convertir sus vidas en una especie de matrimonio entre iguales. Maddy seguiría siendo mi esclava y ante los ojos de los demás debía seguir siendo sólo eso, mi esclava. Pero dentro de mi espacio privado, y los aposentos de una mujer árabe eran un reino inexpugnable donde podía hacer lo que quisiera, podía tratar a Maddy como me diera la gana y en privado lo que quería era amarla.

―Mañana, cuando te despiertes, lo primero que quiero que hagas es que limpies mis botas. Las quiero relucientes – le dije cuando volvió a dar con sus huesos en tierra al conseguir descalzarme la segunda bota.

―Sí ama – me contestó Maddy sin mirarme.

Cogió mis botas y se fue a guardarlas. Yo seguía incorporada sobre la cama. La seguí con la mirada y me relamí contemplando su menudo pero bien formado cuerpo que se movía con extremada gracia.

Para hacer el viaje había decidido que Maddy vistiera al estilo occidental. Sencilla pero coqueta. Aquella mañana, antes de salir de palacio para ir al aeropuerto había visto la expresión de felicidad en sus ojos cuando le había sacado un vestidito de los míos y le había dicho que se lo pusiera. Era un conjunto de falda y blusa de marca de color negro y unos zapatos de tacón bajo también negros, nada especial, algo que yo usaba a veces para estar cómoda en palacio. Desde luego no era uno de mis espectaculares vestidos pero para Maddy, acostumbrada a ir por palacio desnuda o como máximo con una corta túnica de algodón vulgar y siempre descalza, fue como si le regalara un modelito de Chanel. Lo había visto en sus ojos cuando entre lágrimas me había dado las gracias. Como habíamos llegado muy tarde de nuestra jornada de despilfarro por Marbella no la había hecho ponerse el traje de doncella y ahora podía admirar su cuerpo con sus bonitas piernas realzadas por los zapatitos que le había prestado. Estaba deliciosa y me prometí que cuando pudiera zafarme de mamá me iría con mi esclava de compras y le haría un montón de regalos para que pudiera lucirlos en exclusiva para mí, en la intimidad de mis aposentos. Mi reino íntimo y privado sería el lugar donde recompensaría a Maddy de tener que soportar que la tratara con desprecio en público.

―Maddy, acércate – le dije viendo que ya había guardado mis botas y se había puesto a revisar mi armario que las doncellas habían llenado aquella tarde, para ver que todo estuviera en orden.

Maddy se acercó a la gran cama, con la mirada baja. Estoy segura de que la pobrecilla estaba desconcertada.

―Necesito unas friegas en mis pies – le dije poniendo una voz de los más dulce y nada autoritaria – los tengo molidos de todo el día de andar con estas botas.

Maddy se puso a la labor. Con sus amables y cálidas manos comenzó a masajear mis pies. Me fijé que la hena de mis uñas se había descolorido y ya no lucían tan bonitas como el día que Maddy me las pintó.

―Has traído hena, Maddy? – le pregunté.

―No mi ama... creo que no...

―Tendría que azotarte por este fallo – le dije en broma –. Da igual, mañana compraré barniz de uñas y me las pintarás.

―Sí mi ama.

Maddy seguía amasando mis pies con sus manos pero estaba triste.

―Frótame las plantas de los pies... con la cara Maddy, me gusta que me las frotes con la cara – le dije sin pensar que debían oler mal.

―Sí ama – respondió escuetamente.

Maddy comenzó a pasar sus mejillas y sus labios por las plantas de mis pies. Me ardían de cansancio y aquella friegas me sentaban de maravilla. Pensé en la suerte que tenía de poder tener esclavas.

El silencio se hizo incómodo. Sólo me oía hablar a mí y era para darle órdenes, pues Maddy se limitaba a contestar con monótonos «sí mi ama». Me sentía tensa. Quería hablar con Maddy pero no me salían las palabras. Se me hacía muy difícil decirle lo que sentía mientras la pobre tenía que hacerme masajes en los pies con la cara, así que decidí que me diera placer, sin pararme a pensar que posiblemente sería igual de humillante para Maddy tener que besarme los pies como tener que lamerme la vulva.

―Ya es suficiente, Maddy... ahora me apetece otra cosa – le dije poniendo cara de pícara – te imaginas lo que quiero?

―Sí ama... que la lama entre las piernas y la haga gozar – me dijo secamente.

Me había contestado con una insolencia inaudita. Sus palabras me habían hecho un daño terrible. Me había ofendido. Yo esperaba que me dijera lo mismo con palabras bonitas que escondieran la cruda realidad, pero Maddy había sido brutalmente franca. Monté en cólera y le di una terrible bofetada, tan fuerte que la arrojé al suelo del golpe.

―¡Insolente! – le grité.

Maddy estaba en el suelo. Se frotaba la mejilla en la que había dejado marcados mis cinco dedos y me miraba. Ahora sí me miraba y lo hacía sin rencor, sin insolencia... tan sólo parecía suplicarme con la mirada que le explicara qué pasaba. Bajé de la cama de un salto y ella temió que fuese a seguir golpeándola por lo que se cubrió la cara cruzando ambos brazos por delante. Me arrodillé a su lado y le tomé las muñecas con fuerza pero sin brutalidad, sólo con firmeza y determinación. Le bajé los brazos y la miré a la cara. Maddy estaba absolutamente desconcertada. Acerqué mi rostro al suyo y la besé en los labios.

Fue un beso pasional. Nos lamimos con las lenguas, nos hicimos daño en los labios con los dientes de la otra por el ímpetu de nuestro contacto. Con mi cuerpo, que era más fuerte y más alto que el de Maddy, la obligué a tumbarse en el suelo. Mis manos comenzaron a sobarle las piernas y subí por sus muslos manoseándolos. Noté su cuerpo estremecerse bajo mis tocamientos hasta que sentí que me rodeaba con sus brazos y me estrujaba. ¡Cuanta fuerza que tenían sus brazos! ¡Parecía mentira, con lo frágil que se la veía!

Estuvimos mucho rato en el suelo, tocándonos la una la otra, magreándonos el cuerpo, las piernas, las tetas, el culo. Las manos de una se metían bajo el vestido de la otra y nos explorábamos febrilmente. Al final me separé un poco de su boca que no había dejado de besar en todo el rato para poder mirarla. Su rostro arrebolado estaba ahora bellísimo y en sus ojos había pasión.

―Te amo – le dije y sin dejarla reaccionar sellé sus labios con un nuevo beso y le metí la lengua hasta casi la garganta provocándole un conato de arcada.

Nos separamos y me puse a reír. Ella, tras toser varias veces también rió.

―¡Ahora hazme aquello tan soez que me has dicho antes que sabías que yo quería que me hicieras! – le dije levantándome.

Maddy se incorporó y me desnudó con habilidad y rapidez, no en vano lo hacía varias veces al día desde hacía diez años. Yo intenté desnudarla a ella pero no lo conseguí. Me sentí extremadamente torpe y cuando me hubo desnudado a mí me apartó delicadamente las manos de su falda y ella misma se desnudó con rapidez. Me estiré en la cama una vez desnuda y abrí mis piernas. No nos dijimos nada más. Ella se estiró quedando su cabeza entre mis muslos y volví a jadear, sudar, gemir y gritar de placer durante la media hora que duró su acometida.

Cuando le hice señas de que no quería que siguiera porque tenía rampas en toda la zona pélvica a consecuencia del brutal placer que me había arrancado, ella se quedó estirada entre mis piernas, con la cara apoyada en mi dolorido pubis.

Había pensado que le diría que la quería pero que ella era mi esclava y que por tanto en público debería seguir siéndolo pero que en privado la amaría, nos amaríamos y que intentaría por todos los medios que su vida fuese feliz... pero callé. Maddy era inteligente y seguro que ya lo había entendido todo. Además tampoco podía prometerle que no volvería a pegarle como había hecho antes de que estallara nuestra pasión. Era mi esclava y corría ese riesgo. Yo procuraría ser buena con ella, al menos en privado, pero no podía comprometerme. Nos quedamos dormidas las dos.

A la mañana siguiente abrí un ojo porque escuchaba un sonido recurrente, rítmico y constante. Era como un rumor. Giré la cabeza y vi que era Maddy que estaba arrodillada al lado de la cama y estaba lustrando mis botas tal y como le había dicho la noche anterior antes de que comenzara la sesión amatoria.

―Buenos días mi ama – me dijo Maddy con una sonrisa radiante en su rostro y mirándome con extrema dulzura.

Estiré el cuello para acercarme a ella y Maddy, sin dejar de cepillar mis botas estiró el suyo en dirección a mí. Nos dimos un beso en los labios. Casto, pero lleno de amor.

―Buenos días, mi yebit preferida.

Esa mañana mamá y yo decidimos quedarnos a descansar en la villa. Nuestras criadas españolas nos sirvieron un abundante desayuno y después nos dirigimos hacia la piscina donde nos estiramos en magníficas tumbonas. Mandamos a Huda y a Maddy que nos hicieran friegas en los pies y a dos de nuestras esclavas del séquito que permanecieran de pie sosteniendo las sombrillas que habían de protegernos del sol. Mamá dispuso que otras dos esclavas nos abanicaran, hacía un calor terrible. Estábamos en una zona ajardinada al lado de la piscina. Ésta estaba rodeada de piedra caliza blanca. Otra de nuestras esclavas del séquito que nos habíamos traído se acercaba con una bandeja con refrescos y una cubitera con hielo. La muchacha, porque no era más que una niña, iba descalza y al caminar sobre la piedra que rodeaba la piscina dio un grito y un brinco. La piedra estaba ardiendo y se había quemado los pies. Yo lancé una carcajada. Había sido divertido verla dar un saltito. La esclava dejó la bandeja en una mesita cercana y nos sirvió a mamá y a mí un fresco labán con hielo y vodka. La esclava se arrodilló para servirnos.

―¡Vete ahí – dijo mamá señalando la zona empedrada donde la niña se había quemado – y quédate de pie hasta que yo te diga! – le ordenó.

Me quedé mirando a mamá. La niña lanzó un sollozo que parecía querer ser una súplica pero mamá extendió el brazo y con el dedo índice señaló la zona.

―¡Vete... obedece... rápido... si no quieres que te haga azotar! – le gritó mamá.

La niña se situó sobre la piedra caliza ardiente. El sol, aún no siendo tan fuerte como en Arabia, era agobiador... caía como plomo fundido del cielo. La cara de la niña se contrajo, imagino que por el dolor que debió sentir en sus desnudas plantas de los pies. Mamá y yo no dijimos nada durante un rato, nos limitamos a observar a la esclava que para mitigar la cruel sensación que debía producirle la piedra ardiente se dedicaba a desplazar el peso de su cuerpecito de un pie al otro. Cuando no podía más cambiaba el peso hacia el otro pie. La muchacha sudaba y lloraba. Era evidente que se estaba quemando. Maddy me hacía uno de sus maravillosos masajes en los pies.

―¡Yebit, las plantas... bésamelas! – le ordené.

Mientras sentía la agradable sensación de los labios de Maddy en las plantas de mis pies pensé en el sufrimiento de la esclava que estaba frente a mí, a escasos pasos de distancia, a la que podía ver el rostro contraído por el dolor y el sufrimiento.

―¡Estate quieta esclava! – ordenó mamá a la niña – ¡Los dos pies en el suelo, y sin moverte!

La pequeña obedeció. Las esclavas nos tenían auténtico terror. Cualquier orden nuestra, por absurda que fuera era obedecida por ellas con auténtico pánico porque sabían que nosotras estábamos acostumbradas desde pequeñas a ser obedecidas de inmediato, fuese cual fuese la orden, y que si no lo hacían eran castigadas.

―Se está quemando las plantas de los pies, mami – le comenté antes de dar un largo sorbo a mi labán helado a través de la pajita que me servía también para removerlo.

―Ya lo sé... precisamente para eso la hago estar ahí. Es un castigo, comprendes mi querida princesita?

―Ya veo que es un castigo, pero porqué la has castigado? No ha hecho nada malo.

―Cuando ha venido trayendo la bandeja ha pasado por donde está ahora y ha dado un saltito y un grito. La esclava de una princesa real debe saber guardar las apariencias aunque eso suponga aguantar el dolor.

―Lo siento pero me parece exagerado, no es más que una niña... estas piedras deben quemar mucho – dije yo.

―Ya te conté ayer que me gusta... como te diría... disciplinar a las esclavas – me dijo mamá con una sonrisa.

Huda lanzaba miradas furtivas con su único ojo dirigidas a su dueña. Por un momento pensé que quizás entre Huda y mamá existiera una relación secreta, algo así como la que hacía poco habíamos comenzado a tener Maddy y yo.

De vez en cuando Huda, sin que mamá tuviera que decirle nada, pasaba su lengua por las plantas de los pies de su dueña. Las criadas españolas miraban sorprendidas a Huda y a Maddy a nuestros pies, masajeándolos y besándolos. Y más sorprendidas se quedaron cuando vieron a la jovencita esclava parada, descalza, sobre las ardientes losas de la piscina, llorando mientras se asaba literalmente los pies.

Al cabo de un rato mamá ordenó a la niña que se cambiara a la losa contigua porque ésta se encontraría mucho más ardiente que aquélla en la que estaba y el dolor sería mayor. Sentí curiosidad por saber cómo de grande había de ser su sufrimiento y me levanté. Maddy me siguió con mis sandalias en la mano mientras caminaba por el cesped y me dirigía a la zona donde se encontraba la esclava. Apoyé por unos instantes el pie en el suelo y tuve que retirarlo al instante de la terrible quemazón que sentí. Lancé un quejido y apoyé el pie en la fresca hierba para aliviar la calentura.

―¡Qué...! ¿está caliente? – me preguntó mamá con una carcajada cuando vio la rapidez con que retiraba mi pie y como lo apoyaba en la hierba para calmarme el dolor pasajero que había experimentado.

―¡Queman muchísimo... estas losetas están ardiendo... es como si fueran carbones encendidos! – me exclamé.

Maddy se hallaba a mis pies y entonces le acerqué la planta del pie. Mi yebit comenzó a soplar sobre la planta para aliviarme. Regresé a mi tumbona y Maddy conmigo.

―Pásame la lengua por las plantas, yebit... sobre todo por ésta... – y le moví el pie que acababa de apoyar sobre la loseta hasta tocarle la cara con él.

Ahora que sabía lo mucho que debía estar sufriendo la pequeña que no dejaba de llorar y llorar sentí un poco de pena por ella. No era la primera vez que presenciaba un castigo y si bien no me excitaba como al parecer decía mamá que le ocurría tampoco me provocaba repulsa.

Cuando me hube acabado mi refrescante labán chasqueé los dedos y una de nuestras esclavas corrió a servirme otro. Comenzaba a gustarme el saborcito que el vodka le daba a mi refresco favorito.

―Bueno mami, cuéntame algunas cositas más de tu vida... esas que escondías tan bien – le dije sonriéndole y despreocupándome definitivamente de la suerte de la pobre esclava que se estaba asando bajo el sol.

―Tras la muerte de Lintán mi madre, tu abuela, me regaló una filipina. No recuerdo ni su nombre. Me duró muy poco.

―La mataste? – pregunté escandalizada.

―Nooo... – se rió mamá – ...se murió sola, aunque me imagino que ayudó bastante que apenas le dejaba nada para comer. Después de tenerla una semana sin más alimento que un vaso de agua, un día mientras yo estaba cagando en el suelo de uno de los salones y ella permanecía de rodillas esperando para limpiarme el culo me dijo que se moría de hambre y me suplicó que la perdonara si había hecho algo mal pero que necesitaba comer algo sólido. Le dije que si quería podía comerse las abundantes heces que humeaban sobre el suelo de mármol. Total, tenía que limpiarlas... qué más me daba que las recogiera o que se las comiera. Durante una semana sólo se comió mis heces. Incluso le suprimí el vaso de agua y si quería beber tendría que tomarse mi orina. Enfermó gravemente y se murió.

―¡Joder mamá... eso es lo mismo que matarla! – exclamé.

―Bueno, no exactamente... digamos que le sentaron mal mis cenas... – dijo y las dos estallamos en carcajadas.


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La pequeña esclava que seguía bajo el tórrido sol seguía llorando. Mamá le iba ordenando que cambiara de loseta y a cada cambio redoblaba su llanto. Yo sudaba de verla allí, quemándose los pies. Me giré hacia las dos esclavas que nos abanicaban y vi que comenzaban a dar muestras de fatiga pues ellas no estaban bajo la protección de las sombrillas.

―¡Esos abanicos! – les grité – ¡movedlos con más fuerza si no queréis ser azotadas, perezosas...! – les ladré autoritaria.

Las pobres esclavas redoblaron sus esfuerzos y de nuevo el aire circuló con fuerza a nuestro alrededor produciendo como efecto inmediato un agradable aumento de nuestro confort.

―Todas las esclavas son igual – me comentó mamá – hay que estar siempre muy encima de ellas para que trabajen. Aprovechan la mínima oportunidad para escabullirse de sus obligaciones.

―Es cierto – respondí – no les importa en absoluto que estemos aquí pasando calor por culpa suya – me referí a las dos aventadoras que se hallaban al borde de la extenuación – ya verás como dentro de un rato vuelven a aflojar en su trabajo y tendré que volver a reñirlas.

―Huda, sírveme más labán – le ordenó mamá.

Cuando Huda regresó a sus pies para seguir frotándoselos mamá prosiguió con el relato de sus secretos vicios.

―Después de la muerte de la filipina mi madre me hizo el regalo de dos negras. Bueno, venían dos en una: era una chica preñada. De hecho se la pedí yo. En casa siempre había esclavas preñadas. Mi padre, mis hermanos e incluso los criados solían violar a las esclavas y se iban produciendo contínuos embarazos que mamá recibía con alegría porque de esta manera aumentaban sus esclavos gratuitamente. A mí me gustaba dar ordenes a las esclavas preñadas porque eran más lentas y así tenía excusa para castigarlas, por eso le pedí a mamá, tras la muerte de la filipina, que me regalara una preñada. Se llamaba Nuke. Mientras duró su embarazo me pasaba el día llamándola a mi presencia porque me divertía verla arrodillarse. Con su vientre hinchado le costaba mucho ponerse de rodillas y levantarse. «Tráeme esto, Nuke, tráeme aquello , Nuke» me pasaba el día ordenándole nimiedades tan sólo para verla cómo sufría al tener que arrodillarse a mis pies.

»Nuke tenía catorce años, sólo uno más que yo, y como todas las esclavas era extremadamente sumisa. Además me tenía mucho miedo porque continuamente la estaba amenazando con pisarle el vientre. Me acostumbré a utilizar su cada día más hinchado vientre para descansar mis pies. Yo me acomodaba en el sofá y mandaba a Nuke que se estirarse en el suelo para descansar mis pies en su vientre. Verla allí, en el suelo, bajo mis pies, me producía una extraña sensación de poder. Le ponía los pies sobre el vientre y sobre los pechos y me entraban ganas de pisarla. Un día, a falta de pocos días para que la esclava pariese, me encontraba como casi siempre con Nuke bajo mis pies y me entretenía en acercarle las plantas a su cara hasta apoyarlas en sus labios para que me las besara. Una niña filipina estaba a mi lado, de rodillas y sostenía en sus manos mí última adquisición en sandalias, unas elegantes sandalias de fino tacón, no muy alto pero sí muy afilado. Me las había comprado el día anterior que había ido de compras y había gastado una auténtica fortuna en vestidos y zapatos. Nuke tenía el rostro tapado parcialmente por uno de mis pies que le tenía apoyado en la boca. Incliné un poco mi cuerpo hacia delante y la miré. Sólo podía verle los ojos y en ellos veía el temor de siempre. Entonces me di cuenta de que me estaba mirando. Me sonreí, ya tenía un motivo para castigarla, siempre me ha gustado tener motivos para castigar a mis sirvientas.

«―¡Tú, estúpida! – le grité a la filipina que tenía arrodillada a mi lado – ¡cálzame las sandalias!»

»La sirvienta filipina, temerosa y nerviosa me puso mis elegantes sandalias que no tenían ningún tipo de sujección para el talón o el tobillo, que sólo tenían un par de finas tirillas rojas de piel que se cruzaban sobre mis dedos y me hacían parecer muy hermosa. Me levanté, poniéndome de pie sobre el vientre de Nuke. Mi negra lanzó un grito de dolor y de angustia pero yo estaba decidida a pisarla. Caminé lentamente sobre su vientre mientras notaba cómo los finos tacones se hundían en sus carnes. Caminé hasta llegar a sus pechos y se los pisé, clavándole los tacones en los gordos pezones. Nuke gritaba y lloraba. Volví a caminar sobre su vientre y me detuve en la parte más elevada, apoyando uno de los tacones sobre el ombligo de la negra. Me quedé un buen rato quieta, mirándola a la cara, viéndola sufrir mientras el tacón se enterraba cada vez más en su ombligo. Los alaridos de Nuke atrajeron a mi madre que al ver que sólo se trataba de los gritos de una esclava suspiró aliviada y se quedó de pie mirándome.

»Al ver a mi madre me sonreí y entonces descansé todo el peso de mi cuerpo sobre el pie que tenía apoyado en el ombligo de Nuke. Tardó poco tiempo en perforárselo. Noté que me hundía, que el tacón desaparecía dentro del vientre de la esclava. Acababa de perforarle el vientre por el ombligo. Cuando descendí del cuerpo de Nuke, la esclava había perdido el conocimiento. Mi madre mandó venir al médico de la familia y cuando vio lo que había hecho se puso a rezar aunque no se le ocurrió criticar lo que había hecho la caprichosa hija de su patrona para no ser despedido.

―Y qué pasó con Nuke? – pregunté interesadísima.

Mamá se hizo servir un nuevo labán con vodka. Ya comenzaba a estar un poco borracha.

―El médico la tuvo que operar de urgencia. Le hizo una cesárea y nació un negrita que ahora era mi esclava. Nuke me duró bastantes años. Me casé con tu padre al año siguiente y ella y su hijita Ninuca me siguieron, junto con un séquito de quince esclavas que formaban parte de mi dote, al palacio que hizo construír tu padre para nuestra boda. Nuke me duró hasta que cumplí los 21 años. Durante todo ese tiempo Ninuca creció como si fuese mi animal doméstico de compañía y Nuke, su madre, como mi doncella.

»No había nada que me hiciera más feliz que angustiar a Nuke a través de su hijita. Cada vez que detectaba el más pequeño fallo en Nuke hacía llorar a su hijita. De recién nacida la pequeña Ninuca, que resultó ser una mulatilla porque el padre seguramente sería mi propio padre, tu abuelo, que sentía especial predilección por tirarse a las esclavas negras, se pasaba el día en brazos de Nuke, tanto para darle el pecho cada cuatro horas como porque yo no permitía que la pequeña esclava tuviera una cuna para dormir entre las tomas de alimento y Nuke tenía que hacer todo lo que lo ordenaba continuamente con su hijita en brazos o llevándola atada a la espalda con un fardo de tela curiosamente anudado.

»Si Nuke hacía algo mal le ordenaba dejar a su bebé en el suelo a mis pies entonces decidía si azotar a Nuke con la caña de bambú que aún conservaba o si por el contrario me decidía por hacer llorar a la mulatilla...

―¿De verdad pegabas a la mulatilla? – interrumpí a mami escandalizada de que pudiera llegar a ser tan cruel con un bebé por muy esclavo que fuera.

―Normalmente la pisaba. Le pisaba las manitas y la pequeña estallaba en llantos. La de veces que ponía el pie sobre la carita de Ninuca y le ordenaba a su madre que me limpiara el zapato. Si no me gustaba cómo me lo limpiaba no tenía más que pisar un poco y la mulatilla comenzaba a bramar, lo cual angustiaba terriblemente a Nuke. A veces, mientras la niña estaba entregada a mamar del pecho de su madre me divertía ordenarle cualquier cosa para que tuviera que detener el tierno proceso de amamantar a su cría. La niña, privada de golpe de su alimento materno, se ponía berrear y entonces, mientras Nuke cumplía mis órdenes la amenazaba con coserle los labios a su hija si no dejaba de molestarme con sus gritos y llantos.

Mamá había bebido bastante y el alcohol la deshinibía lo bastante como para confesarme aquellas crueldades que había cometido. Sorprendí a Maddy mirando asustada y asombrada a mi madre. Imagino que a ella aún le producía mucha más angustia que a mí aquel relato porque en definitiva confirmaba que nosotras éramos las dueñas absolutas de las vidas de nuestras esclavas y aquello debió afectarle mucho, tanto que noté que había dejado de besar las plantas de mis pies para quedarse como transtornada escuchando el relato de mamá. Le golpeé la cara con la planta del pie que debía besarme y que había desatendido.

―¡Yebit..!. ¡qué haces...! ¡quieres dejar de escuchar como una chismosa y besarme los pies...! ¡Recuérdame después que te castigue! – le dije.

Mamá se sonrió por mi reacción y distraídamente acercó su pie a la cara de Huda y comenzó a escarbar con el dedo gordo en el ténue velo de piel que cubría la cuenca vacía de su ojo hasta que la uña por completo desapareció dentro. Huda emitió un gemido lastimero pero nada más. Mamá siguió con su relato y yo me quedé impresionada viendo cómo la uña del dedo gordo de mamá aparecía y desaparecía dentro del ojo de Huda, perforando la leve telilla de piel que lo cubría.

―Reconozco que hice sufrir mucho a Nuke y a su hija – continuó mamá mientras continuaba perforando el ojo vacío de Huda –, un día tuve una riña con tu padre cuando regresé de montar a caballo, porque el día antes me había gastado un millón de dólares en joyas y vestidos. No es que no pudiera hacerlo pero a tu padre le pareció demasiado ostentoso porque había ido con una de mis primas a un lujoso centro comercial y habíamos hecho alarde de nuestro inmenso poder económico. Yo le dije que a los saudís les gustaba ver a sus princesas ejerciendo el poder ante los ojos del pueblo pero a tu padre no le pareció bien aquella ostentación y reñimos. Cuando me casé tenía tu edad y en esa época yo era muy parecida a ti, no me gustaba mostrarme sumisa ante nadie, ni siquiera ante mi esposo. Me encerré en mis dependencias y lo primero que hice fue buscar a Nuke con la mirada. Yo solo tenía catorce años pero ya tenía en mi conciencia la muerte de más de una esclava por lo tanto mi fama creció conmigo y todas las esclavas temblaban cuando me veían furiosa. Nuke estaba acunando a su hijita y me vio. Yo estaba en medio de la estancia, con mi traje de amazona, mis botas y mi fusta de caña de bambú.

«―Porqué no estabas esperándome a mi llegada para limpiarme las botas? – le grité con toda mi alma – Es que no sabes que quiero que estés esperándome cuando bajo del caballo para que me las abrillantes? ¡Ven aquí inmediatamente... de rodillas!»

»Nuke comenzó a temblar. Tenía a Ninuca dormidita en sus brazos. Se arrodilló a mis pies y nada más tenerla al alcance de mi mano le solté uno, dos, tres, cuatro y hasta seis latigazos. Le pegué allí donde la furia me permitía ver y seguramente, aunque Nuke intentó protegerla, algunos de los latigazos alcanzaron a su hijita que despertó gritando y llorando.

«―¡Ponla en el suelo... pon a tu hija en el suelo! – le grité encolerizada a Nuke.»

»Nuke me obedeció. No tenía alternativa. Inmediatamente puse la suela de la bota de montar sobre el diminuto cuerpo de su hijita.

«―¡Ahora límpiame las botas... si no las haces brillar como el acero bruñido aplastaré a tu hija, entendido? – le grité.»

»Nuke no decía nada. Lloraba asustada. Rápidamente comenzó a frotar mis botas. Yo estaba de pie y mantenía un pie, el de la bota que me lustraba, apoyado sobre el tierno cuerpo de la pequeña mulatilla que seguía llorando. Cuando me molestaban sus grititos y su imparable llanto le pisaba la boca. Nuke se desesperaba viendo a su pequeñina retorcerse y desgañitarse bajo la suela de mi bota. Cuando terminó con la primera bota cambié la posición y apoyé el otro pie sobre la cara de la mulatilla. Nuke empezó a abrillantarme la otra bota, llorando sin cesar. El resto de mis esclavas estaban medio escondidas en mi habitación, arrodilladas, postradas en el suelo y rezando para que mi cólera siguiera cebándose con la negra y su hija para poder salir ellas indemnes. Cuando ya terminaba Nuka de abrillantarme la segunda bota decidí ponerme de pie sobre el frágil cuerpecillo de su hija. Tuve una impresión extremadamente morbosa y excitante. Si seguía mucho tiempo con todo mi peso sobre el cuerpo del bebé, éste moriría aplastado. La pequeña no podía ni gritar de la presión que soportaba bajo mi bota. Nuke comenzó a gritar de desesperación.

«―¡Más brillo perra... quiero que mis botas brillen más, mucho más o aplastaré a tu hija – le dije.»

»Nuke reaccionó finalmente arrojándose a mis pies y se puso a lamerme las botas con desesperación. Sentí un extraordinario placer mientras veía a la madre humillarse de aquella manera para salvar la vida de su hija, vida que dependía sólo de mí, de mi capricho y de mi humor.

»Recuerdo que ese día la carita, el cuerpecito, las piernecillas y los bracitos de la pequeña Ninuca acabaron llenos de señales, hematomas, mataduras, magulladuras y de abrasiones producidas por las suelas de mis botas.

»Yo estaba convencida de que Nuke tenía que odiarme por lo que les hacía a ella y a su hija. Al resto de esclavas las trataba también con despotismo pero con mi negra y su hija me mostraba realmente cruel.

»Ninuca fue creciendo. A medida que se iba haciendo mayor me tenía más y más temor. Era un temor patológico que a mi me divertía. Verla temblar cuando la llamaba a mi presencia me satisfacía y la niña temblaba porque sabía que cada vez que la llamaba era para pegarle, para castigarla, para hacerle daño. Nuke estaba destrozada. A ella apenas la pegaba porque tenía a su pequeña hija para atormentar y yo sabía que haciendo sufrir a Ninuca lo que hacía era destruír a su madre.

»Creo que yo debía tener unos diecisiete años. Un día llamé a Nuke para que me frotara los pies. Yo estaba en la cama. Solía despertarme a eso de mediodía y así y todo tenía pereza de levantarme. Me hice traer el desayuno a la cama y después me quedé recostada fumando un cigarro. Nuke se arrodilló y le acerqué los pies para que me los frotara.

«―¡Ninuca! – llamé a la niña que debía tener cuatro añitos – ¡Ven aquí con tu ama!»

»Ninuca me miró desde el fondo de la habitación donde permanecía arrodillada con mis botas de montar en las manos a las que daba lustre constantemente si no le mandaba otra cosa. Ninuca dejó mis botas en el suelo y se acercó.

«―¡Siéntate aquí, a mi lado! – le dije a la aterrorizada niña – y estate quietecita.»

»Nuke, que me estaba haciendo un masaje en los pies, me miraba a hurtadillas. Por su experiencia temía algo malo para su pequeña. La niña se sentó en la cama, a mi lado y le pasé un brazo por el hombro atrayéndola hacia mí y sujetándola con fuerza.

«―¡Nuke... frótame los pies con la cara... y con los labios... bésame las plantas...! – le ordené.»

»Nuke no podía verme. Las plantas de mis pies que debía besar le tapaban la vista. Entonces quemé el labio de Ninuca con la brasa de mi cigarrillo. El alarido y el llanto de la niña hicieron que Nuke levantara la cabeza para ver, angustiada, a qué obedecía.

«―¡Cómo te atreves a mirarme. Te he dicho que me beses las plantas de los pies... pues bésamelas! – le grité.»

»Volví a apoyar la brasa de mi cigarrillo sobre el labio de la pequeña provocándole más dolor y angustia y por tanto nuevos y espeluznantes chillidos y llantos. Nuke no miró. A pesar de que los alaridos de su hija eran espantosos decidió seguir besando las plantas de mis pies. ¡Cómo me gusta que me besen los pies... siempre me ha gustado...! ¿a ti no, mi princesita? – me preguntó mamá interrumpiendo su escalofriante relato.

Apenas me había percatado de su pregunta. Estaba tan aturdida intentando imaginarme lo que mamá me contaba que había hecho de joven que me hallaba conmocionada. Mamá me dio un golpecito en el brazo para llamar mi atención.

―Eh? ¡Sí... sí...! – me apresuré a contestar cuando reaccioné – ¡Sí... claro que me gusta que me froten y me besen los pies...! a que mujer árabe no le gusta?

Miré a Maddy y vi que estaba muchísimo más conmocionada que yo. Volví a golpearle en los labios con la planta de mi pie que debía besar. Yo tampoco me había percatado de que la pobre yebit había dejado de besarme los pies escuchando el espeluznante relato de mamá.

―¡Es la segunda vez que tengo que recordarte para que estás aquí, imbécil... espero que esta noche me lo recuerdes! – le dije con voz fría y tono amenazador.


(Continúa...)

EL RELATO COMPLETO PODÉIS ENCONTRARLO EN MI GRUPO DE YAHOO. EN LA PÁGINA PRINCIPAL DE ESTE BLOG ENCONTRARÉIS UN ENLACE.

SALUDOS.

LUK.



1 comentario:

  1. Amigo Luk ,sus nuevas historias (Mary, Sultana, Aquiles (todosrelatos)) son maravillosos como cada vez!
    He escrito un correo electrónico a lukasses@terra.es.Please leído .

    saludos y un abrazo
    Christian

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